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REPORTAJE

FERNANDO MOLERES

Entramos en un cuartel de disciplina militar anti-Red para adolescentes chinos. Una terapia de choque castrense. Lu Jun Song, de 13 años, se somete a un chequeo médico y a un encefalograma para conocer si sufre alguna disfunción cerebral. Es su primer día en la clínica fundada por Tao Ran, psiquiatra y coronel del Ejército Popular de Liberación, y que depende del Hospital Militar General de Pekín

Chen Fei está desconcertado y nervioso. Sabe que algo no cuadra, pero es incapaz de adivinar lo que se le avecina. Sus padres le dijeron que iban a pasar unos días juntos en Pekín aprovechando el inicio de las vacaciones escolares de verano, pero el centro al que le han llevado es cualquier cosa menos un lugar de ocio. Situado en el extremo sur de la capital china, en el distrito obrero de Daxing, el anodino edificio que antes albergó un instituto de tecnología acoge ahora a un nutrido grupo de 70 niños y jóvenes ataviados con camisetas militares. Su denominador común salta a la vista: gafas, hombros caídos, cuello doblado y mínima resistencia física. Son la antítesis de los enérgicos soldados que sirven aquí de monitores. Chen, nombre ficticio de este obeso adolescente de 16 años, los mira a todos de reojo mientras espera en el patio a que sus padres salgan de una reunión cuyo contenido desconoce. Comienza a sospechar que todo es una trampa. Y no le falta razón.

En un pequeño cuarto del interior del centro, su madre es incapaz de contener el llanto cuando explica a un psiquiatra el porqué del viaje a Pekín desde la provincia central de Henan en la que viven, situada a unos mil kilómetros. “La adicción a Internet de nuestro hijo está destrozando la familia. No podemos aguantarlo más. Hace dos años que comenzó a frecuentar los cibercafés para jugar en red. No le dimos importancia. Era buen estudiante y entendimos que necesitaba relajarse. Pero las sesiones se fueron alargando y el juego pasó a ser diario. El rendimiento en la escuela cayó. Tratamos de convencer a sus profesores y compañeros para que lo alejasen de ese ambiente, pero no hubo manera. Hace seis meses perdió el control: llegó a pasar más de 20 horas ininterrumpidas frente al ordenador”.

Fue entonces cuando estalló la violencia en casa. El padre de Chen comenzó a propinarle palizas para prohibirle ir a jugar, y el adolescente respondió de la misma forma. Varios hematomas en el cuerpo de su progenitor reflejan un drama que la familia quiere atajar antes de que se convierta en tragedia. “Ya no podemos dominarlo”, reconoce abatido el padre. Por eso, cuando un familiar les informó de la existencia de un centro pionero en la rehabilitación de adictos a Internet, no se lo pensaron. “Queremos que entienda lo que le sucede, se cure, y que acabe esta pesadilla”.

Después de una revisión exhaustiva del caso, los especialistas dictaminan que Chen debería ser internado en el centro entre tres y seis meses –más incluso si no responde de forma positiva– para someterse a la terapia diseñada por Tao Ran, psiquiatra y coronel del Ejército Popular de Liberación, que combina la disciplina militar con las técnicas tradicionales para superar cualquier tipo de adicción. El doctor explica que a Chen se le privará del uso de cualquier aparato electrónico, se le prohibirá el contacto con el exterior y tendrá que acatar todas las órdenes que reciba. Y avanza que será un proceso duro. Tras un momento de duda, en el que reconocen su preocupación por lo estricto del tratamiento, los padres asienten y dan su conformidad.

 

“La adicción a internet provoca en el cerebro problemas similares a los derivados del consumo de heroína, deteriorando el cuerpo

Es el momento de explicarle a Chen lo que le espera, así que la madre intercambia unas palabras con su marido y deciden que sea ella, que mantiene una relación más amistosa con el adolescente, la que salga y hable con él. Los pacientes que acaban de regresar a sus habitaciones en el segundo piso pegan la nariz al gran ventanal del pasillo que da al patio. Saben que a continuación puede producirse una explosión. Al fin y al cabo, el caso de Chen no es más que uno de los 6.000 que han pasado por el centro desde que Tao lo fundó en 2006. “Son habituales las reacciones iniciales de violencia, y la mayoría trata de escapar en los primeros 20 días de internamiento. No reconocen sufrir un trastorno”, explica el propio Tao.

Sin embargo, Chen es una decepción para quienes esperaban un enfrentamiento. Mira a su madre con ira contenida, pero no articula una palabra. Se levanta, entra en el edificio y sube las escaleras acompañado por uno de los psicólogos del centro, que le pone al corriente de cómo será su vida en los próximos meses. Ella le sigue a cierta distancia. El estallido se produce cuando Chen asimila que será encerrado, que se le obligará a seguir un entrenamiento físico estricto y que sus largas sesiones frente al ordenador han tocado a su fin. Es entonces cuando se da la vuelta y arremete contra su madre. “¡Hija de puta! ¿Cómo te atreves a hacerme esto a mí?”, grita mientras corre a golpearla. Son necesarios cinco trabajadores para reducirlo, y en la enfermería tardan pocos segundos en preparar un tranquilizante y correas para atarlo. Afortunadamente, Chen se calma con un cigarro y no es necesario utilizarlas. Su madre, refugiada en un pequeño cuarto, rompe a llorar de nuevo.

“La adicción a Internet provoca en el cerebro problemas similares a los derivados del consumo de heroína. Pero en general es incluso más dañina. Porque destruye las relaciones sociales a todos los niveles y va deteriorando el cuerpo sin que el enfermo se dé cuenta”, asegura Tao en el austero despacho que ocupa en la nueva sede del centro, cuyo traslado culminó a finales del pasado mes de junio para ampliar la capacidad máxima de las instalaciones a 130 internos. “Todos tienen problemas con la vista y con la espalda y sufren trastornos alimentarios. Además, hemos descubierto que su capacidad cerebral se reduce en un 8% y que las afecciones psicológicas son graves”.

Según este psiquiatra chino, que se especializó en el tratamiento de adicciones en 1991, el 90% de los pacientes que acuden al centro están sumidos en una profunda depresión, el 58% agreden a sus padres, la mayoría son incapaces de mantener amistades fuera del ciberespacio y sufren desviaciones sexuales “derivadas de un consumo excesivo de pornografía”, y muchos están abocados a caer en actividades delictivas. “Según estadísticas oficiales, el 67% de los delitos juveniles son cometidos por adictos a Internet, que idolatran a la mafia y tienen dificultad para diferenciar realidad y ficción. También han comenzado a protagonizar crímenes de sangre como los que suceden en Estados Unidos. Y me temo que irán en aumento, porque el problema es especialmente grave en China”, avanza el fundador del centro, que depende del Hospital Militar General de Pekín.

El gigante asiático es el país con mayor número de internautas del mundo –632 millones en julio–, y el propio Gobierno considera que el 10% de los menores de edad que navegan por la Red son adictos a ella. Un estudio llevado a cabo en abril de forma conjunta por la empresa china de análisis de mercado Eguan y del desarrollador de videojuegos Giant Interactive concluyó que unos cien millones de jóvenes sufren por esta causa algún tipo de trastorno mental, generalmente la pérdida del autocontrol. Es una realidad que se refleja de forma trágica cada pocos días, cuando la prensa se hace eco de la muerte de adolescentes que han estado varios días frente al monitor sin apenas dormir ni comer. Los casos son tan frecuentes que diferentes analistas chinos se refieren a los juegos online como “heroína electrónica”, y muchos exigen que se combatan sus efectos nocivos “como si fuese la tercera guerra del opio”. Tao, por su parte, calcula que actualmente China alberga a unos 24 millones de adictos a Internet. Una cifra que, como sucede en el resto del planeta, es una mera estimación. No existe un estándar que defina quién sufre adicción y quién no, porque cada experto en la materia la define de forma distinta: no es como una enfermedad que se tiene o no se tiene. Así, resulta difícil recabar datos a nivel mundial sobre la adicción a Internet, aunque sí se cree, por ejemplo, que uno de cada ocho estadounidenses sufre desórdenes en el uso de la Red y que casi uno de cada tres la utiliza sin medida en China, Taiwán y Corea del Sur.

Li Huaibing tiene 17 años y reconoce ser un adicto. Este año tendría que haberse presentado a las pruebas de Selectividad, el temido gaokao, pero su incapacidad para desconectar de Internet se lo ha impedido. “Abandoné el instituto porque no tenía amigos y sufría continuos enfrentamientos con los profesores. Me dedicaba a chatear y a participar en todo tipo de foros. La Red me permitió escapar de mí mismo”. Pero no de sus padres. Como en el caso de Chen, a Li lo llevaron engañado a Pekín desde su provincia natal de Mongolia Interior con el pretexto de visitar a un dermatólogo que iba a solucionar su problema con el acné. Así, el pasado 21 de abril fue el último día que tocó un teclado. Ahora trata de reencontrarse con el adolescente dicharachero y alegre que fue y acepta la estricta disciplina que se le impone.

 

“Al llegar resultan muy altivos, pero están en muy mala condición física. Se rompen cuando tienen que correr o hacer flexiones”

El día comienza con un agudo pitido a las 6.30. Los chavales saltan de sus literas y, vestidos con camisetas de camuflaje, forman una fila en el pasillo exterior. Uno de los monitores, con cara de pocos amigos y voz de sargento de hierro, va gritando los nombres de todos ellos. “¡Presente!”. La escena se repite otras cinco veces a lo largo del día, y siempre es fácil reconocer a los nuevos. Se les nota desafiantes: llegan tarde y rehúsan acatar las órdenes. Suspiran hastiados, miran hacia otro lado y terminan respondiendo con desgana. Pero el desdén les dura poco. Tienen 20 minutos para asearse y bajar al patio, donde les espera la primera ración de entrenamiento militar a 30 grados y bajo la impenitente capa de polución de la capital china.

“Al llegar resultan muy altivos, pero están en mala condición física. Se rompen cuando tienen que correr o hacer flexiones. Eso les pone en su sitio”, explica Ma Liqiang, exsoldado y profesor de comportamiento, mientras varios adolescentes, desfondados y con los rostros enrojecidos, dejan de trotar para continuar caminando con los brazos en jarras. Las siete chicas del centro pasan a su lado, los señalan y se ríen. Heridos en su orgullo, tratan de retomar el ritmo sin éxito. “El objetivo de la instrucción es triple: aprender a respetar la autoridad, fortalecer el físico y crear una rutina muy regular. Al principio es duro, pero al cabo de unos meses los resultados saltan a la vista”.

Li reconoce que es así. De hecho, está aprovechando su internamiento para fortalecerse “y resultar más atractivo para las chicas”. Además de los ejercicios matinales y vespertinos obligatorios, el adolescente ha recubierto sus tobillos con sendas bolsas de arena de tres kilos que le acompañan a todas partes. “En un principio me resistí a todo. Incluso planeé escapar, porque no soportaba la falta de libertad. Pero luego comprendí que era inútil rebelarse”. Lo más difícil, asegura, es controlar las emociones y combatir el aburrimiento. “Tenemos terapia de grupo que nos sirve para desahogarnos y clases de diferentes tipos, y vemos las noticias de las siete de la tarde. Pero hasta que apagan la luz –a las diez de la noche–, hay muchas horas en las que no hay nada que hacer”. En realidad, es parte de la estrategia de los terapeutas. Los adolescentes, encerrados sin acceso a Internet y con tiempo libre, empiezan por quedarse solos en una esquina sin hacer nada o leyendo y terminan por interactuar con sus compañeros, jugando a las cartas u organizando partidos de baloncesto, actividad esta última en la que se ve quién lleva más tiempo dentro del centro, pues su forma física mejora con el ejercicio diario. “Sé que es parte del tratamiento, que esos tiempos muertos nos impulsan a establecer relaciones entre nosotros, pero resulta duro. Muchos se pasan el día llorando hasta que se adaptan al entorno. La mayoría tardan en reconocer que sufren adicción a Internet”, subraya Li.

No en vano se trata de un nuevo problema difícil de diagnosticar y para el que todavía no existe un tratamiento estándar. Tao Ran pretende que el suyo se convierta en el primero, y no solo en China. Allí ya hay unas 300 clínicas que copian parte de su modelo y utilizan la disciplina militar para tratar la adicción, pero Tao critica que “la mayoría se limita a contratar exsoldados y carece de supervisión alguna”. Asegura que eso es lo que ha provocado las muertes registradas este año en varios centros cuando algunos de los pacientes han sido obligados a realizar ejercicios extenuantes o han sufrido castigos físicos. Por esa razón, Tao exige al Gobierno que regule su actividad y dé directrices claras al respecto. “Todavía hay que perfeccionar el sistema terapéutico, pero es evidente que el problema se está globalizando y que hay que atajarlo de forma científica”. El psiquiatra incluso pretende llevar su método al resto del mundo. Para ello, ya lo ha publicado en 11 idiomas diferentes y trabaja a menudo con especialistas de los cinco continentes que visitan Daxing. “China es un buen campo de pruebas porque el problema comenzó antes y se presenta de forma más aguda. De hecho, fue la epidemia de neumonía atípica, la SARS de 2003, la que marcó un punto de inflexión en la adicción a Internet. La mayoría de los estudiantes tuvieron que quedarse en casa en un momento en el que la Red había comenzado a popularizarse. Sin control, muchos comenzaron a jugar en exceso. Fue justo después cuando varios padres me pidieron ayuda”.

Tao trató a 17 adolescentes, pero fracasó en todos los casos. “Entendí que se trataba de un trastorno nuevo y grave, así que me propuse diseñar un tratamiento para curarlo”. En 2005 comenzó a ingresar a los pacientes durante un mes en el hospital militar en el que trabaja. “El porcentaje de éxito fue de solo un 30%, pero ese primer paso me ayudó a entender los mecanismos del trastorno. En 2007 conseguí que me permitieran ingresar a los jóvenes hasta un máximo de tres meses, y un año después comenzamos a involucrar a los padres en el tratamiento. Eso ha sido clave para el éxito”.

Porque la adicción a Internet no surge de la nada. “Está íntimamente relacionada con la falta de afecto y el exceso de presión”, opina Feng Yin, psicóloga del centro. “El problema es especialmente grave en China porque la jerarquía familiar y los valores tradicionales crean un muro entre padres e hijos, los sistemas educativo y laboral son extremadamente competitivos, y la política de natalidad que ha restringido a uno el número de descendientes en la mayoría de los casos ha provocado una gran anomalía social”. El perfil del paciente en el centro de Daxing corrobora sus palabras: se trata de un hijo único (en un 95% de los casos) y varón (en un 90%). Apenas hay chicas. En el de Tao son siete: viven separadas de ellos, casi no se mezclan con los chicos en las actividades, y en realidad muchas están allí por trastornos de la personalidad y problemas de carácter. La edad media de los pacientes es de 17 años (el 70% tienen entre 15 y 19, aunque hay internos desde los 12 hasta los 37 años) y son descendientes de profesores (un 31%) o de funcionarios y oficiales del Gobierno (el 29%). “Esos profesionales son quienes más presión ejercen sobre sus hijos. Proyectan en ellos sus esperanzas y buscan satisfacerse a sí mismos, sin tener en cuenta las tendencias, las aptitudes o los gustos de los niños”. Así, la adicción a Internet termina siendo tanto causa como consecuencia de un enrarecido clima familiar que resulta devastador.

Y por eso, al menos uno de los progenitores de cada paciente –la madre en un 66%– ingresa en el centro para someterse a una terapia emocional paralela durante meses. “El objetivo es enseñarles a ser padres, y a veces resulta más complicado trabajar con ellos”, se lamenta la psicóloga Feng. Wang Shupei es uno de los que aseguran haber aprendido de sus errores, aunque lamenta haberlo hecho tarde: “Nuestro hijo empezó yendo al wanba –cibercafé, sobre todo para juegos– de vez en cuando, pero terminó perdiendo el control con solo 11 años. En varias ocasiones tuve que buscarlo de madrugada por la ciudad y llegó a pasar tres días desaparecido. Fue una pesadilla”.

El hijo de Wang Shupei buscó en la Red la atención que no recibía de sus padres. El niño se sentía un héroe con la ametralladora de War of Warcraft en sus manos virtuales. Así que se negaba a soltarla para regresar a una existencia que considera “triste”. Wang reconoce que delegó por completo su responsabilidad educativa en la escuela y que se limitaba a exigir buenos resultados en las calificaciones, pero se niega a creer que la adicción de su hijo sea solo culpa suya. Con un gesto de impotencia, apunta al reiterado incumplimiento de la ley por parte de los wanba. “Están obligados a exigir el documento de identidad para comprobar que los usuarios sean mayores de edad, pero hay quienes no tienen escrúpulos y se resisten a dejar pasar el negocio que representan los niños”.

A Wang, el drama le está saliendo muy caro. Su hijo pertenece al 25% que no consigue rehabilitarse con la terapia de Tao. “Lo ingresamos por primera vez en marzo del año pasado y estuvo ocho meses en el centro. Pero poco tiempo después de salir volvió a jugar”. Así que hace tres meses regresaron a Daxing para intentarlo de nuevo. Llevan gastados 170.000 yuanes (21.000 euros) en la terapia, una fortuna para estos emigrantes rurales que rozan la ruina. “Lo tenemos que hacer por el futuro de nuestro hijo y por nosotros mismos. Será él quien cuide de nosotros cuando envejezcamos”.

Tao Ran dice que cada mes de tratamiento cuesta 9.300 yuanes (1.120 euros), pero varios progenitores reprochan que esa cifra no incluya ni las comidas –arroz, sopa, verduras, huevos y algún trozo de carne–, ni las pruebas médicas, ni los medicamentos. Algunos aseguran que la suma final puede superar los 12.000 yuanes mensuales (casi 1.500 euros), una quinta parte de la renta media anual del país y un importe prohibitivo para las clases bajas. Tao replica que el precio es ajustado, equivalente a un hotel de tres estrellas. “Desafortunadamente, no tenemos un sistema de salud que lo cubra”, admite.

La mayoría de los padres están de acuerdo con Wang y consideran que es un sacrificio económico que tienen que hacer por el bien de sus hijos. Confían en que el tratamiento servirá para que tengan éxito en una de las sociedades más crueles del planeta. Pero Li Wenchao sabe que no será sencillo. A sus 22 años, es otro reincidente del centro, y a pesar de que los especialistas le han dado ya el alta, ha decidido continuar en Daxing como voluntario. “Me da miedo regresar a la vida normal. Temo volver a caer. Necesito más tiempo hasta que logre la confianza suficiente para enfrentarme a la vida”.

@SantiGurtubay

www.educacionyculturacancun.mx    

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