La Capilla Sixtina

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LA CAPILLA SIXTINA

JUAN CRUZ

A este país lo oculta ahora una bandera hecha de todas las banderas, que ciegan el calor del sol y nos preparan para el impuro invierno de nuestro descontento. Esa bandera oscurecida es la bandera del resentimiento. Y ahora vivimos un redoble de resentimiento. Contra la justicia, contra el Estado, contra el otro, contra el espíritu de reconciliación que se activó tras la muerte de Franco y después del golpe de Estado de 1981.

De lo que se trata es de comunicarle al mundo que estamos otra vez bajo el manto del dictador, y que todo lo que se hace es para resucitarlo. Colaboran en ello no solo los que alientan a la sociedad desde aquí a creer que, en efecto, hemos vuelto a caer en la satrapía de Franco, sino los que desde fuera parecen contemplar en España, al fin, la confirmación de sus malos augurios: la guerra está en nuestro ADN, es lo que toca. Trataron de adivinar que íbamos a entrematarnos de nuevo y ahora se asoman a la ventana, ni siquiera entran en la casa, y ya ven desde sus atalayas que lo que ellos creyeron que iba a pasar ya empezó a pasar de nuevo. ¿Ven?, España, es que no tienen arreglo. Y se aprestan a escribirlo, compungidos cronistas de su propia confirmación.

Al sentimiento antifranquista le sigue ahora el resentimiento contra España, una abuela amañada a la que hubiera que despedazar, literalmente, para conjurarla. Y eso se hace impunemente, o se quiere hacer impunemente, cambiando las leyes a voluntad, despreciándolas, y queriendo recibir por ello el abrazo del mundo, al que se asusta con expresiones públicas de desamparo. Y lo que hay en el fondo de todas estas manifestaciones es júbilo inverso contra este país al que se quiere disfrazar de lo más rancio de la historia que ya superó. Lo que hay es resentimiento trágico, y en su peor forma: el rencor.

España no se merece este momento, porque tampoco se mereció su vieja historia rota. Decía Albert Camus: “El espléndido calor que reinó sobre mi infancia me ha privado de todo resentimiento”. Está en El revés y el derecho, que se lee como quien bebe el agua de la fraternidad y de la justicia. A Camus lo alivió el sol de la infancia; aquí vamos hacia el degénero humano, como decía aquí hace nada el filósofo Emilio Lledó citando a Manuel Azaña. Y esas píldoras malditas de la oscuridad están conduciendo la conversación nacional al más despiadado de los resentimientos.

A un muchacho colombiano, rodeado de la miseria cruel de la droga, le preguntaron: “¿Y qué es el futuro?” El adolescente contestó: “El futuro es lo que no hay”. Si ese velo de resentimiento que oscurece España no se descorre con voluntad de abrazo y, otra vez, de olvido, es posible que pase el invierno y aquí el tiempo siga dramáticamente nublado, anclado, como decía Camus, “en los prejuicios y en la estupidez”.    

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