La Capilla Sixtina

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LA CAPILLA SITXINA

JORGE MARIRRODRIGA

Con las repúblicas pasa como con algunas democracias, que cuantos más apellidos tienen, más hay que desconfiar de ellas. El ejemplo de esto último lo tenemos bien cerca. Durante el régimen de Franco, —personaje que ahora han puesto tan de moda entre otros algunos que, en el mejor de los casos, cuando murió el dictador todavía jugaban a las chapas— existía una cosa llamada democracia orgánica, que era a la democracia lo que la música militar es a la música.

Y para las repúblicas sirve la misma premisa. Hay algunos ejemplos históricos como la República Democrática Alemana —que en España tiene un sorprendente número de defensores, nostálgicos tal vez del muro o simplemente aficionados a los anabolizantes en el deporte— que se llamaba así para diferenciarse de su vecina la República Federal Alemana. Esta última era un lugar donde se votaba, se viajaba y se podía comprar de todo en las tiendas, mientras que en su hermana “democrática” nada de esto era posible, pero ya sabemos —y lo estamos comprobando en carne propia— que el lenguaje político no necesariamente tiene que responder a la realidad.

De modo que cuanto más “democrática” y más “popular” más probabilidades hay de que una república sea todo lo contrario. Las repúblicas con democracia de verdad no necesitan más nombres.

Con esta premisa cierta, no le será difícil al lector identificar en la siguiente lista —del presente y del pasado próximo— dónde hay libertad y dónde no. República francesa, República Popular Democrática de Corea, República Italiana, República Democrática Popular del Yemen, República de Irlanda, República Popular China, República de Polonia, República Popular de Polonia, Hungría, República Popular de Hungría. Y como para toda regla hay una excepción ahí está la República de Cuba donde el régimen no ha querido que haya democracia ni siquiera en el nombre. En eso hay que reconocer que ha sido coherente.

Además de ponerse calificativos que no les corresponden, ese tipo de regímenes se caracteriza por la realización de todo tipo de esfuerzos para mostrar la felicidad en la que viven sus ciudadanos. Excepcionalmente a veces muestran la tristeza, pero esta es siempre autorizada y consentida —o más bien ordenada— como cuando miles de norcoreanos son obligados a llorar desconsoladamente al morir sus líderes. Pero lo habitual es tratar de mostrar el sincero agradecimiento que los ciudadanos de estos países tienen a sus líderes. Y en esto la República Popular China —existe otra China que se llama Republica china y que aplicando la regla antes expuesta el lector ya sabrá que tipo de régimen es— se está llevando la palma en sofisticación. Lo último es una aplicación que permite aplaudir por el móvil las interminables tres horas y media de discurso que pronunció su líder máximo la semana pasada. La aplicación mide cuanto aplaude uno y con qué intensidad, de modo que el Gobierno ya sabe quien lo usa y cómo. Votar no votarán, pero se van a hartar de darle al teléfono.    

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