La Capilla Sixtina

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LA CAPILLA SIXTINA

MANUEL JABOIS

Desde hace semanas recibo en mi whatsapp instrucciones para fundar la República de Cataluña. Soy parte de una trama sentimental que se mueve a través de cadenas de mensajes que mantiene unida y alerta a la tropa, ya sea para pagarle la fianza a Artur Mas o para concentrarse en las calles. Esto es debido al spameo de varios amigos independentistas que, sin embargo, me dejan fuera de las misiones importantes porque bien saben ellos, pues se lo he enseñado yo, que hay momentos de la vida en que no se sabe dónde acaba el amigo y empieza la fuente.

Hace un par de días me llegó un mensaje entre emoticones de corazoncitos que decía “Cuidemos a los Jordis”. Hay que hacerles saber que están presentes, que son piezas claves de un pueblo unido que lucha pacíficamente por ser libre, traduzco. “Llenemos Soto del Real de cartas y postales para los Jordis”, seguía el mensaje, y se adjuntaba la dirección postal de la cárcel. Los Jordis, pensé. Y la loca idea de que uno de los Jordis empiece a recibir más cartas que otro porque está más bueno. Como si en los ochenta nos obligasen a elegir a uno de los Bros.

Están pasando más cosas increíbles de las que un cerebro normal puede procesar. Lo asombroso del procés no es que los ricos hayan organizado tomas de palacios para ampliar salones solo por sentirse bolcheviques durante un mes -octubre, naturalmente- sino la inmensa cantidad de gente que cree que no tendrá factura cruzar el río con el escorpión encima. Esa inmensa cantidad de gente independentista por convicción ha visto en los últimos cinco años cómo la eterna burguesía nacionalista que no quería arriesgar nada, parece ahora arriesgarlo todo porque le han cambiado unos artículos del Estatut. Una revolución de gente que quiere perder privilegios y vivir peor, claro que sí; una revolución de pijos, la clase social que mejor olfatea lo que le conviene. Qué puede salir mal.

A ellos, nada. Por eso se empiezan a tomar decisiones revolucionarias de casino, como sacar dinero del cajero para atacar a los bancos. Lo siguiente será mandar al servicio a pagar con céntimos. O se hace la Revolución o se hace el ridículo. Y de una revolución que pide sacar del cajero a final de mes 155 euros para regalarse un capricho si no se sabe qué hacer con él, hay que esperar cualquier cosa. Cuando le advirtieron en Twitter a Lluís Llach que no se podían sacar múltiplos de cinco (sabrá Llach lo que se saca y lo que se deja de sacar en un cajero), no respondió “pues entonces 150”, sino 160. Nos llevan dos vidas de ventaja. A todos, sobre todo a los suyos.

Nadie ha definido mejor el papel que la burguesía catalana se ha reservado en el procés: darse un capricho. Para poco menos que hacer caer el capitalismo. Una caída que, si alguna vez se llegase a producir, pagarían los mismos que llevan pagando las fiestas toda la vida, como se ha comprobado recientemente en España. Porque solo hay una cosa clara. Cuando esto termine -sea con victoria o derrota, signifique eso ya lo que quiera que signifique-, y lleguen las consecuencias del destrozo, unos se quedarán pagando la factura y otros se irán corriendo a refugiarse en su desconsideración y su fortuna. Gente que está ahí por razones aventureras, para vivir emociones fuertes y jugar con las de los demás; un all you can eat ideológico con el que sentirse protagonistas de la historia mientras levantan con una mano la bandera y con la otra se llevan la sede de su empresa. Tienen la mitad del dinero en el rojo y la otra mitad en el negro, y cuando vean que la bola va a caer se llevan la ruleta, me dice un empresario en Barcelona, un gallego que lleva poniendo toda la vida la ruleta, la bola y el imán. No va a ser diferente ahora. Nunca han pagado nada y siempre ha sido mejor así; cuando se les ocurre pagar algo es porque piensan cobrar el doble. A quien sea y como sea, en concepto de lo que sea.    

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