El Globo Rojo

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EL GLOBO ROJO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA

Friedrich Drumpf, quien emigró a Nueva York  desde Alemania con solo 16 años; hizo fortuna con hoteles y restaurantes que funcionaron como prostíbulos durante la fiebre del oro; en 1885 llegaba a la Casa Blanca el demócrata Grover Cleveland, un presidente atípico por ser el único que ha tenido dos mandatos no consecutivos, que además vetó una ley que pretendía restringir la entrada de extranjeros al país; hoy, 131 años después, otro mandatario poco común toma el mando de la Casa Blanca y, en este caso, estamos ante un obsesivo compulsivo por cerrar las fronteras y levantar miles de kilómetros de muros: Donald, su nieto”; a los originarios de Kallstadt, un apacible pueblecito germano cuya tradición vitivinícola data del Imperio Romano, se les conoce cariñosamente como Brulljesmacher, una palabra que en el dialecto regional significa fanfarrón, caprichos del destino

La periodista estadounidense Gwenda Blair es la autora del libro ‘The Trumps: Three Generations That Built An Empire’ (Los Trump: Tres generaciones que construyeron un imperio), actualizado en una reciente edición como ‘The Trumps: Three Generations of Builders and a Presidential Candidate’ (Tres generaciones de constructores y un candidato a la presidencia), donde investiga el origen de este linaje y sus negocios durante tres generaciones en los que se incluye claro está el proxenetismo y la prostitución como fuentes de origen de la fortuna Trump.

El nuevo presidente nunca ha querido hablar de este capítulo familiar. El destino es caprichoso. En 1885 llegaba a la Casa Blanca el demócrata Grover Cleveland, un presidente atípico por ser el único que ha tenido dos mandatos no consecutivos, que además vetó una ley que pretendía restringir la entrada de extranjeros al país. Aquel mismo año arribaba a la joven nación un inmigrante alemán de 16 años llamado Friedrich Drumpf. Traía sólo una maleta y no sabía una palabra de inglés, pero su talento innato le llevó a cumplir el sueño americano y levantar un imperio económico, regentando hoteles y restaurantes que funcionaron como prostíbulos durante la fiebre del oro. Amasó una fortuna y regresó a su patria con la intención de quedarse para siempre, pero el gobierno germano le expulsó por eludir el servicio militar obligatorio. Aquella decisión cambiaría el rumbo de la historia. Hoy, 131 años después, otro presidente poco común acaba de tomar  toma el mando del Despacho Oval, apenas dos días atrás y, en este caso, estamos ante un obsesivo compulsivo por  cerrar las fronteras y levantar miles de kilómetros de muros: Donald, su nieto.

La presencia de la saga Trump en estas tierras ha sido de todo menos discreta y convencional desde que pisaran por primera vez el nuevo mundo. Al pasado del abuelo se suma el del padre, Fred Jr., que recientemente ha sido vinculado con los grupos del Ku Klux Klan de los años 20 de Nueva York. Pero para narrar la historia de esta estirpe, debemos primero viajar a su lugar de origen, una pequeña aldea rodeada de viñedos en la región germana del Palatinado.

Gwenda Blair investiga el origen de este linaje y sus negocios durante tres generaciones. Friedrich, el abuelo del nuevo presidente de EE UU, vivía con sus padres, Christian Johannes Drumpf y Katharina Kober, dos vendimiadores que se ganaban la vida recolectando la uva, en Kallstadt, un apacible pueblecito germano cuya tradición vitivinícola data del Imperio Romano.

Tras una larga enfermedad, su padre, el bisabuelo Christian, moría en 1877 con 48 años, dejando a la familia en la ruina. Sus cinco hermanos se pusieron a trabajar en el campo, pero la salud de Friedrich era tan endeble para afrontar aquella faena que, con sólo 14 años, en 1883, lo mandaron a la localidad vecina de Frankenthal para trabajar como aprendiz de peluquero. Cuando aprendió el oficio, tras dos intensos años, volvió a su pueblo natal. Allí, este joven, ya con 16, se dio cuenta de que aspiraba a algo que la vieja Europa ya no podía darle, riqueza. Además, hasta Baviera llegaban entonces los cantos de sirenas de una nueva tierra de oportunidades que se abría paso al otro lado del Atlántico. De modo que una noche, sin avisar, cogió la maleta, dejó una nota a su madre y se encaminó a Bremen, donde embarcó rumbo a EE UU.

Allí lo esperaba Nueva York, ciudad que la historia uniría para siempre a su apellido. Pero no al de Drumpf. El 16 de octubre, como muchos inmigrantes, se inscribió en el registro norteamericano, donde lo anotaron incorrectamente, u optó por asimilarlo a un sonido más inglés, como Frederick Trumpf, que acabaría derivando en Trump. Vivió un par de años en la casa de su hermana Katharina, que había emigrado antes que él. Encontró trabajo en una barbería donde hablaban alemán y se quedó allí seis años.

 

Alcohol, comida y “habitaciones para señoritas”, que era como eufemísticamente se anunciaba que había prostitutas, en el ‘Poodle Dog’

Pero el primero de los Trump anhelaba más. En 1891, se marchó a la costa oeste, a Seattle, donde compró con sus ahorros un restaurante en el centro de la ciudad, en una zona donde en la época abundaban casinos, salones y burdeles, el red-light district conocido como Lava Beds. El local fue bautizado como Poodle Dog, y en él servía alcohol, comida y ofrecía “habitaciones para señoritas”, que era como eufemísticamente se anunciaba que había prostitutas. Frederick vendió sus propiedades justo antes de que el negocio se viniera abajo, para luego trasladarse a Klondike, en el territorio canadiense de Yukon, junto a Alaska, donde volvió a repetir la fórmula de ofrecer cama, comida, licor y sexo en establecimientos como el Restaurante Hotel Actic y el White Horse Restaurant Inn.

Un periódico local describía su negocio como apto “para los hombres solteros del Ártico, con excelentes alojamientos, así como el mejor restaurante, pero no aconsejable para mujeres respetables que vayan a dormir, porque son susceptibles de escuchar sonidos depravados que ofendería su sensibilidad”. La fórmula se repetía en sus locales. Un bar, instalaciones para juegos de azar y zonas oscuras con cortinas de terciopelo, donde ofrecían sus servicios las conocidas como ‘sporting ladies’.

Tras la aventura americana, Frederick Trump dio por concluido su sueño. Vendió sus inversiones y regresó a Alemania en 1901. Una vez más, le funcionó el olfato y se adelantó al final de la fiebre del oro y el consiguiente declive de la prostitución. En opinión de la biógrafa, “demostró ser muy previsor y supo retirarse justo antes de que aquello empezara a decaer y los mineros se marcharan”. “Y no se contagió de la fiebre del oro. Muchos empresarios como él no hicieron dinero allí".

Una vez de vuelta a su pueblo natal, se casó con su antigua vecina Elizabeth Christ, la abuela de Donald. Regresaron a Nueva York, donde abrió una barbería y regentó un hotel y un restaurante. Allí tuvieron a su primera hija, Elizabeth. Pero al poco, la nostalgia sumió a su esposa en una depresión, y en 1894 volvieron a Alemania con la idea de envejecer allí. Pero el Gobierno germano apareció en escena.

 

En Baviera consideraron que Firederich, con su aventura americana, sólo perseguía evitar el servicio militar, le retiró la ciudadanía

En aquella época el servicio militar era obligatorio en Alemania hasta los 35 años, justo la edad a la que regresó el abuelo Trump. Su ayuntamiento trató de ayudarle, en un intento de conservar en el pueblo la fortuna de aquel hijo pródigo, valorada en 80.000 marcos, medio millón de dólares de hoy. Pero las autoridades de Baviera consideraron que Firederich, con su aventura americana, sólo perseguía evitar el servicio militar, de modo que le retiró la ciudadanía y lo mandó de vuelta a América en 1905, con su esposa embarazada, que daría a luz en Nueva York a Frederick, padre de Donald, y luego John, ya completamente estadounidenses. Finalmente, el abuelo del nuevo presidente murió a los 49 años, en Queens, durante la epidemia de gripe española. Su mujer Elizabeth usó su herencia para continuar el negocio inmobiliario con su hijo mayor, nuestro siguiente protagonista, Fred Junior, el padre del comandante en jefe.

“El segundo Trump también mostró destreza. No vivió la fiebre del oro y le tocó la gran depresión, pero supo sacar provecho de los programas de ayudas federales y subsidios de la época que buscaban levantar la economía. Él transmitió a su Donald todo sobre negocios y cómo ser competitivo. Le enseñó la frase de ‘ganar lo es todo, no hay límites’. Y mira ahora a su hijo", señala Blair.

Al margen de la faceta empresarial que recoge en este libro, sobre el padre del futuro presidente de los EE UU, fallecido en 1999, aparecieron en septiembre de 2015 noticias inquietantes. Justo cuando su hijo daba los primeros pasos de su carrera política, la prensa desenterró de la hemeroteca del New York Times un artículo publicado el 1 de junio de 1927 que relacionaba a Fred Trump con el Ku Klux Klan. La crónica periodística lo vinculaba con una pelea que enfrentó a 1.000 civiles relacionados con el grupo racista contra 100 policías en Queens. Aunque no fue acusado oficialmente, Fred Trump fue uno de los siete arrestados durante el incidente. Hay que tener en cuenta que en aquel momento las prácticas racistas en los EE UU estaban generalizadas y el KKK campaba a sus anchas. Donald Trump más tarde negaría la relación de su padre con el KKK, aunque no pudo desmentir por completo aquel suceso.

 

En la II Guerra Mundial  se generó un sentimiento antialemán en EE UU, el padre de Donald Trump comenzó a decir a la gente que era sueco

Frederick Trump también fue una víctima del rechazo por razones de nacionalidad. Tras casarse con una joven escocesa llamada Mary Anne MacLeod, retomó el negocio inmobiliario con su madre, la viuda de Friedrich, una mujer orgullosa de su origen germano, algo que espantaba a muchos de los clientes del negocio, judíos. De modo que con la II Guerra Mundial, cuando se generó un sentimiento antialemán en EE UU, el padre de Donald Trump comenzó a decir a la gente que era sueco.

Mientras tanto, la madre, a sus 80 años, organizó un viaje de vuelta a Kallstadt con varios de sus nietos, no con Donald, que heredó la mentira sobre Suecia, y hasta la incluyó en su biografía El arte del trato. Un periodista en Vanity Fair le preguntó a Donald Trump en 1990 si no era cierto que en realidad era de origen alemán, a lo que el millonario respondió que “en realidad, era muy complicado”. “Mi padre no era alemán; los padres de mi padre eran alemanes... suecos, y realmente de toda Europa...”. Años después admitiría su origen alemán, aunque nunca ha visitado aquel pueblo.

Reconciliado ya con su pasado, Trump es consciente de que no será el primer inquilino de la Casa Blanca de ascendencia alemana. La familia de Dwight Eisenhower se llamaba originalmente Eisenhauer y provenía de Karlsbrunn, cerca de la frontera germano-francesa. Y los antepasados de Herbert Hoover fueron llamados Huber y arribaron desde Baden, en el sur de Alemania. El papel de Donald Trump en la historia americana está aún por escribir. Lo que nadie podrá borrar ya es su ascendencia. Y aunque no le emocione, sin saberlo, probablemente el futuro presidente de los EE UU tiene más de Kallstadt en su interior de lo que cree. Y es que no deja de ser irónico que a los habitantes de este pueblecito se les conozca cariñosamente como Brulljesmacher, una palabra que en el dialecto regional significa fanfarrón. Caprichos del destino.

 

Del burdel del abuelo a las prostitutas del hotel de Moscú, el fundador de Playboy anunció que “con Trump llegaba la revolución sexual”

La escena traspasa la barrera de lo erótico y entra de lleno en el terreno de lo escatológico. Imagínense. Un grupo de prostitutas, en la suite presidencial del Hotel Ritz Carlton de Moscú, orinan sobre la inmensa y bien vestida cama en la que tiempo atrás durmió el matrimonio Obama durante su visita oficial a Rusia. Mientras, Donald Trump observa el espectáculo sin saber que los servicios secretos del Kremlin han urdido todo para filmarle en acción, con la idea de tener a mano un material con el que extorsionarle si se diera el caso (como así ha sido) de que alcance la presidencia de Estados Unidos. Este pasaje es quizá el más impactante del ya famoso informe de 35 páginas elaborado por un ex espía británico y que obraba en poder de la inteligencia americana.

Lo primero que conviene remarcar es que este episodio de la lluvia dorada incluido en el citado documento no ha podido ser confirmado aún ni por los servicios de inteligencia americanos ni por los medios de comunicación, pese a lo cual ha sido publicado, desatando un intenso debate sobre el papel del periodismo en este país. Al margen de cuestiones deontológicas, frente a esa falta de verificación independiente, el presidente electo sí que ha negado rotundamente los hechos que se relatan, así como otras supuestas fiestas sexuales en las que también habría sido grabado, según recoge el informe, en San Petersburgo.

Este explosivo expediente lleva desde el pasado año circulando por las redacciones de Washington y siendo la comidilla de reporteros y altos dirigentes de la administración norteamericana. Sin embargo, hasta que la inteligencia estadounidense no pasó un resumen de dicho dossier a Obama y al propio Trump, su contenido había permanecido en secreto. La CNN informó sobre la transmisión del citado resumen al presidente electo -sin entrar en detalles escabrosos no contrastados-, mientras que la publicación digital Buzzfeed colgó directamente las 35 páginas para que cualquiera pudiera leerlas.

 

Desde las habitaciones para gozo de los mineros hasta la suite presidencial del Ritz Carlton de Moscú, la marca Trump da para mucho

El ya ex empresario reconoció que estuvo en Moscú en 2013 para acudir al certamen de Miss Universo, pero negó los hechos que se le atribuyen. Llegó incluso a argumentar que tiene fobia a los gérmenes -por lo que no habría contratado el espectáculo de lluvia dorada, bautizado por algunos medios como ‘Watersportsgate’-. El hecho de que el protagonista, e incluso el Kremlin, hayan desmentido rotundamente estos sucesos de alto voltaje sexual es significativo, sobre todo teniendo en cuenta que el magnate no se ha andado nunca con remilgos en lo que respecta al sexo.

Alejado de los cánones puritanos inherentes al Partido Republicano, Trump tiene en su currículum varias experiencias cuya publicación, hace no mucho, habría generado ríos de tinta en los rotativos y peticiones de dimisión. Ahora, en cambio, la vara de medir parece haberse flexibilizado en la sociedad norteamericana, quizá a golpe de escándalo. Y en esto Donald Trump tiene parte de ‘mérito’. Ha sido acusado de agresiones sexuales por diferentes mujeres, ha dirigido certámenes de belleza con quejas por haber intentado propasarse con alguna chica, y además ha protagonizado cameos en varias películas de porno suave de la marca Playboy, revista en la que también ha aparecido con frecuencia.

También ha lidiado con la revelación de su pasado familiar, puesto negro sobre blanco por la escritora Gwenda Blair. Según expuso en su libro The Trumps: Three Generations That Built An Empire, a finales del siglo XIX llegó a Estados Unidos desde Alemania el abuelo del próximo presidente, Friedrich Drumpf, que así se apellidaba originalmente. Emigró desde Baviera con sólo 16 años. Aunque arribó a Nueva York, pronto se trasladó a la costa oeste, donde aprovechando la fiebre del oro comenzó a abrir restaurantes y hoteles. Aquellos establecimientos ofrecían, además de reposo y comida, servicios de prostitución. Esta suerte de burdeles fueron la semilla de la fortuna familiar y el imperio empresarial que ahora el presidente aparca para centrarse en dirigir el país. Desde la apertura de aquellas habitaciones para el disfrute de los mineros que llegaban en busca del sueño dorado hasta la rocambolesca historia de la suite presidencial del Ritz Carlton de Moscú, la marca Trump ha dado para mucho.

 

La técnica Donald: “Agarrarlas por el coño y besarlas sin preguntar, cuando eres una estrella te dejan hacerlo, puedes hacer cualquier cosa”

Por comenzar con uno de los capítulos más recientes, cabe reseñar la grabación de 2005 que salió a la luz durante la campaña electoral en la que se escuchaba al entonces candidato conservador jactarse de poder hacer “cualquier cosa” con las mujeres. En la cinta, alardeaba de su técnica con las féminas, que se basaba básicamente en “agarrarlas por el coño” y besarlas sin preguntar. “Cuando eres una estrella te dejan hacerlo. Puedes hacer cualquier cosa”.

Tras aquel escándalo electoral, mal rentabilizado por los demócratas, aparecieron varias mujeres denunciando haber sido agredidas sexualmente en el pasado por el millonario, con casos que arrancaban casi en los 70. Dos denunciaron en las páginas del New York Times que las había asaltado. A una durante un vuelo en la década de 1970, tratando de meterle la mano por debajo de la falda, y a otra besándola por la fuerza. Otra supuesta víctima sacó a relucir las proposiciones indecentes que le hizo en su mansión de Florida, mismo escenario en el que habría tratado de agredir, estando su esposa Melania también en la casa, a una reportera de la revista People que esperó algunos años para contar su experiencia en su revista, coincidiendo con la campaña presidencial.

A estas chicas se sumaron varias ex concursantes de los certámenes de belleza, que aseguraban que el presidente electo se paseaba por los camerinos cuando estaba  a medio vestir. Hasta el momento, ninguno de aquellos testimonios sobre proposiciones indecentes del millonario incluía invitaciones a realizar la supuesta fantasía sexual de la lluvia dorada que menciona el antes citado informe. Trump volvió a tener problemas, supuestamente a cuenta de su apetencia carnal. Cuando estaba tratando de entrar en el negocio de los concursos de belleza, llegó a un acuerdo con la pareja formada por George Houraney y Jill Harth, que dirigían el certamen de American Dream.

 

“Honestamente, cuando compré el Miss Universo, los trajes de baño se hicieron más pequeños y los talones más altos”, presumía en Vanity Fair

El intento no salió bien y ambos denunciaron que el magnate trató de propasarse con la mujer y que había comportado indebidamente con alguna de las modelos, llegando incluso a tratar de colarse en sus camas. Además, aseguraron que el empresario había vetado la participación de mujeres negras. Tras un intercambio de demandas, se alcanzó un acuerdo económico que satisfizo a ambas partes, lo que no quita que Trump siempre haya negado las acusaciones. Aquel mal trago no desanimó al millonario, que al año siguiente se hizo con Miss Universo. Sus declaraciones tras la adquisición también trajeron cola: “Honestamente, cuando compré el certamen, los trajes de baño se hicieron más pequeños y los talones más altos”, presumía en una entrevista en Vanity Fair.

Si esto ocurría en su faceta profesional, en la personal las cosas también se le complicaron en ocasiones a Donald Trump. Durante el proceso de divorcio de su mujer Ivana, ésta afirmó que en una ocasión en 1989 se había sentido violada por su marido, aunque después publicó un comunicado aclarando que se trató de “relaciones maritales” en las que su esposo se comportó de forma muy distinta a como solía, sin “el amor y la ternura que normalmente” le mostraba. “Me he referido a esto como una ‘violación’, pero no quiero que mis palabras se interpreten en un sentido literal o criminal", precisó.

Luego está su etapa Playboy. Mucho antes de ponerse por meta la Casa Blanca, el magnate solía ser una de las celebridades vinculadas a esta publicación para adultos muy presente en la cultura popular estadounidense. De hecho, en 1990 logró protagonizar su primera página, una portada que aún conserva y cuelga en su oficina de la Trump Tower, según se ha podido comprobar en varias fotografías actuales difundidas por las redes sociales. En aquel número concedía una entrevista en la que, entre otras perlas, confesaba que si algún día intentara ser presidente -algo que prácticamente descartaba-, lo haría por el Partido Demócrata.

 

BuzzFeed y la CNN desenterraron tres películas de la marca Playboy, consideradas de pornografía suave, en las que Trump había aparecido

Recientemente, durante la campaña electoral, varios medios -de nuevo BuzzFeed y la CNN- desenterraron tres películas de la marca Playboy, consideradas de pornografía suave, en las que Trump había aparecido. Por supuesto, nada equiparable a la filmación que, según el informe de marras, podría tener el Gobierno ruso. Aquí, ni desnudo ni interactuando con chicas. Se trataba sólo de cameos. Curiosamente, los republicanos pretenden poner límites a la industria del cine de adultos en este país.

El primer vídeo salió a la luz el 30 de septiembre. BuzzFeed obtuvo imágenes de una película de 2.000 que incluía dos modelos, que se desnudaban en ocasiones, recorriendo el país. Cuando llegan a Nueva York se encuentran con Trump, que aparece vertiendo champán en una limusina de marca Playboy. Al poco, CNN obtuvo imágenes de la cinta de 1994 Centerfold, en la que el presidente electo entrevista a un modelo que quiere aparecer en la portada del 40 aniversario de Playboy. Por último, encontró otra de 2001, en la que aparece durante un desfile de moda en el que, por cierto, se le ve con su actual esposa y futura primera dama Melania. En ninguna de ellas, Trump coincide con las escenas de desnudos.

Muy distintas parecen las películas que, según esta reciente teoría de la conspiración, guardaría Vladimir Putin en su recámara. Y aunque pocos dan ya credibilidad a la historia sobre el hotel de Moscú, desde luego ha servido para volver a poner sobre la mesa el ya insoslayable historial del futuro presidente de escándalos vinculados a asuntos de la carne. Y todo por un expediente que, según aseguró la CNN, tuvo su origen en el encargo de un grupo de republicanos contrarios al magnate que buscaban sus trapos sucios ante las primarias. Más tarde fueron los demócratas los que mantuvieron vivas las pesquisas que derivaron en el informe que, además de revelaciones sexuales, sostiene que Rusia trató ofertar a Trump negocios vinculados al Mundial de 2018.

 

Uno de los relevos presidenciales más ajetreados que se recuerdan, entre sórdidos relatos eróticos, ciberataques y espías rusos y británicos

El documento también indica que Moscú realizó investigaciones sobre Hillary Clinton, aunque en su caso no se hallaron comportamientos íntimos poco ortodoxos. Con este panorama, Estados Unidos se preparó en los meses previos a este histórico 20 de enero del 2017, para vivir uno de los relevos presidenciales más ajetreados que se recuerdan, entre sórdidos relatos eróticos, tramas de espionaje, ciberataques y espías rusos y británicos.

Tampoco en el Partido Republicano este cambio está siendo sencillo. El pasado verano, cuando Trump lograba alzarse con la candidatura de la formación conservadora, el fundador de Playboy, Hugh Hefner, alababa a los republicanos por votar por su amigo durante las primarias, aseverando que con él había llegado la ansiada “revolución sexual” al partido, tras décadas de puritanismo. Quizá en esta ocasión, el creador de las famosas conejitas se quedó algo corto.

Todo comenzó con el burdel del abuelo proxeneta de los Trump, “Vamos a hacer nuevamente grande a Estados Unidos”. Friedrich Drumpf, quien emigró a Nueva York  desde Alemania con solo 16 años; hizo fortuna con hoteles y restaurantes que funcionaron como prostíbulos durante la fiebre del oro; en 1885 llegaba a la Casa Blanca el demócrata Grover Cleveland, un presidente atípico por ser el único que ha tenido dos mandatos no consecutivos, que además vetó una ley que pretendía restringir la entrada de extranjeros al país; hoy, 131 años después, otro mandatario poco común toma el mando de la Casa Blanca y, en este caso, estamos ante un obsesivo compulsivo por cerrar las fronteras y levantar miles de kilómetros de muros: Donald, su nieto”; a los originarios de Kallstadt, un apacible pueblecito germano cuya tradición vitivinícola data del Imperio Romano, se les conoce cariñosamente como Brulljesmacher, una palabra que en el dialecto regional significa fanfarrón, caprichos del destino.

@SantiGurtubay

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