El Bestiario

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EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA

Describe la senda más ‘conspiranoica’, racista e integrista de EE UU en tiempos del yihadismo del Estado Islámico. Día a día del Ku Klux Klan, de los extremistas cristianos que preparan una guerra santa racial y de los grupos neonazis que quieren limpiar el país de homosexuales y judíos. “Adán y Eva, insiste, tuvieron solo un hijo, Abel, el primero del linaje de los blancos como él. Eva, sin embargo, tuvo ayuntamiento carnal con el diablo, con la serpiente bíblica, y de ahí salió Caín, el hermano malo del cual descienden los judíos, negros y el resto de razas. Está todo muy bien documentado”, justifica Paul Mullet de Naciones Arias, la más violenta, integrista y radical de las ‘sectas’. “Hacer una América grande otra vez”, el slogan de Donald Trump se transforma: ‘Haz que América odie otra vez’

Las flores ya no inundan la acera de la iglesia Emanuel de Charleston. No se agolpa una multitud de conocidos de las víctimas, curiosos y periodistas. Es menos visible el impacto de la muerte en junio, hace un año, un miércoles 17, de nueve personas negras por disparos de un fundamentalista blanco. Pero la sensación de anormalidad persiste. El trauma no ha desaparecido. Junto a la fachada de esta iglesia histórica de la comunidad afroamericana, hay una cruz de madera con un pañuelo morado. En la reja de la puerta de entrada, nueve rosas secas, una por cada muerto. Tenían entre 26 y 87 años. En un cartel, la iglesia agradece los “muchos actos de bondad”. El mejor reflejo aún visible del dolor y de las muestras de solidaridad es una boca de incendios oxidada y repleta de dedicatorias escritas en rotulador.

Bob Sanders es negro, tiene 85 años y lleva 60 frecuentando la iglesia. El templo, fundado en 1816 por un líder abolicionista, es un símbolo de la lucha contra la esclavitud en esta ciudad de Carolina del Sur, que celebró hace una semanas las elecciones primarias de los candidatos demócratas a la Casa Blanca, donde ganó ampliamente Hillary Clinton, probablemente la próxima presidente de los Estados Unidos, si los republicanos siguen apoyando a Donald Trump, promotor de ‘La América del odio’. Este es el título de interesante documental del periodista vasco Jon Sistiaga. Este filme de casi una hora de duración puede verlo en Google, en http://www.dailymotion.com/video/x2xpdc0

Charleston fue una de las principales puertas de entrada de esclavos africanos a Estados Unidos en el siglo XVII. Emanuel ya había sufrido ataques, como otras tantas iglesias negras en el sur del país. Hasta el fin oficial de la segregación racial en 1964, las iglesias eran un símbolo de autogestión de la comunidad negra y un lugar de protección. Sanders asiste cada domingo al servicio en Emanuel. Su esposa acude a las sesiones de estudio de la Biblia de los miércoles por la tarde. Pero faltó a la del 17 de junio. Ese día, Dylann Roof, blanco de 21 años, asistió a la sesión por primera vez. Cuando había transcurrido casi una hora, abrió fuego indiscriminadamente, lanzó consignas racistas y huyó entre un mar de sangre.

 

Charleston, en Carolina del Sur,  no olvida la muerte en junio del 2015 de nueve personas negras por disparos de un fundamentalista blanco

Sanders y su esposa conocían bien a las víctimas, incluido el pastor, que también era senador estatal. La pena perdura. “Llevará tiempo superarlo”, dice a las puertas de la iglesia. Varios familiares de los muertos han perdonado a Roof, que vivía a dos horas en coche de Charleston y está acusado de múltiples cargos que podrían acarrear la pena de muerte. La iglesia está en una calle principal de Charleston. Cuando pasan por delante, los transeúntes ralentizan y la miran. Otros se detienen. Hacen fotografías. Hay parejas que se toman un selfie con la iglesia de fondo. Los coches reducen la velocidad para fotografiarla.

“Es una atracción turística”, se queja Sanders. Coincide Ally Cordello, una estudiante blanca de 20 años. Cada día pasa por delante de la iglesia en su camino a la universidad. Critica que los turistas que visitan Charleston, conocida por sus calles adoquinadas y señoriales, hayan convertido la iglesia en parada casi obligatoria. “Es inquietante”, dice Cordello. La popularidad de la iglesia es visible en el servicio del domingo por la mañana. Ese día, según cuenta Sanders, está repleta. En las semanas siguientes al tiroteo no había suficiente espacio.

La matanza provoca renacimientos religiosos, como el de Mike Stewart, blanco de 42 años, que ha vuelto, una década después, a atender servicios religiosos. “Me movió el corazón. Lo echaba de menos”, explica. Stewart ha cambiado su recorrido al trabajo para andar cada día por delante de la iglesia Emanuel. “Así recuerdo que sigue aquí”, dice. Ensalza la respuesta de unidad que hubo tras la matanza y esgrime que la ciudad, de mayoría blanca, nunca podrá olvidar lo sucedido. May Cornell, negra de 60 años y conocida de algunas víctimas, asegura que el ataque racista propicia un debate racial constructivo. “La gente se ha unido. Aún sigue habiendo gente loca, pero tienes que aprender a querer el uno al otro”, dice. Más escéptico es Douglas, blanco de 30 años, que no percibe un debate sustantivo sobre relaciones raciales o acceso a las armas. “La gente quiere seguir adelante”, dice.

El tiroteo ha alterado para siempre la rutina de la iglesia. Las puertas están cerradas con llave y contraseña. Si no se es miembro, solo se puede acceder a la iglesia en la sesión de estudio de los miércoles o en el servicio de los domingos. Hay más cámaras de seguridad. Los trabajadores expresan su malestar por las frecuentes peticiones de visita de curiosos y periodistas. “Nunca volverá a ser normal”, lamenta el socio Sanders.

 

Cuatro personas apuñaladas en Anaheim, California, en altercado entre miembros del Ku Klux Klan y quienes impedían que se manifestaran

Mientras esto ocurría en Carolina del Sur, al menos cuatro personas fueron apuñaladas este sábado en Anaheim, California, durante un altercado entre supuestos miembros del Ku Klux Klan y otro grupo que trataba de impedir que se manifestaran. Siete personas fueron detenidas tras la trifulca, según informó la policía local citada por Reuters. Uno de los heridos se encuentra en estado grave. Un grupo identificado como el Ku Klux Klan había anunciado una protesta en la localidad (a unos 50 kilómetros al sur de Los Ángeles) a las 13:30 locales. Desde al menos una hora antes había un pequeño grupo de manifestantes contrarios al KKK cuyo objetivo era impedir la protesta. Cuando llegaron los miembros del KKK al lugar fueron contestados y rodeados inmediatamente por los manifestantes.

Los datos son confusos. Según el diario Los Angeles Times, uno de ellos llevaba en su ropa una insignia que decía Gran Dragón y asegura que se pudo ver a manifestantes dándole patadas. Otro miembro del KKK, esposado, decía que había apuñalado a alguien “en defensa propia”. No está claro aún a qué grupo pertenecen los heridos, los relatos indican que a los dos. Los testigos coinciden en que los miembros del KKK utilizaron la punta de lanza del mástil de una bandera para defenderse. El sargento de policía Daron Watt, citado por Reuters, confirmó que los detenidos pertenecen a ambos grupos.

El relato de los testigos citados por la agencia indica que los miembros del grupo supremacista blanco eran tres, que se bajaron de un vehículo todoterreno y se encontraron con unos 50 manifestantes esperándoles. Cuando se intentaron subir al coche de nuevo, este aceleró y los dejó atrás. “Estos tíos estaban luchando por su vida”, dijo un testigo.

El grupo que opera en Anaheim se llama The Loyal White Knights of the Ku Klux Klan. El KKK tiene arraigo en el sur de California y llegó a ser la fuerza política predominante en los años 20. En este siglo, sus apariciones son muy raras. Los vecinos de Pearson Park, donde se produjo el altercado, se quejaron de que no había presencia policial cuando llegaron los miembros del KKK.

 

La reelección de Obama, un presidente negro, de apellido extranjero y padre musulmán, les ha hecho crecer en número

“¿Me estás diciendo que también os entrenáis para una posible invasión de zombis?”, pregunto con cara de estupor a Mike Lackomar, portavoz y uno de los líderes de la Milicia de Michigan. “Desde luego, y da igual que sea un zombi o un reptiliano”, responde con severidad. “Hay que buscar el cuerpo a cuerpo y meterle dos tiros en el pecho y otro en la cabeza, como en Vietnam”. Y se ríe a carcajadas. Pero no se ríe porque me esté reconociendo, con toda seriedad, que sus chicos se preparan en los bosques de Michigan para detener hordas de muertos vivientes, sino de la supuesta gracia que acaba de hacer. ¿Que no la han cogido? Yo tampoco, así que Lackomar la aclara: “Como en Vietnam –sonríe–, donde había que ganarse los corazones y las mentes de la población. ¡Pues eso, dos tiros en el corazón y uno en la mente! Si un zombi sangra es que se le puede matar”. Estamos en un parque natural a unos cien kilómetros al sur de Detroit. Es sábado. A nuestro alrededor hay ciclistas, gente haciendo footing, aprendices de ornitólogos con sus prismáticos y familias enteras preparándose para pasar un día de campo. Unos 20 milicianos vestidos con traje de camuflaje y armados hasta los dientes comienzan, a su lado, una incursión en supuesto territorio enemigo. Bubba, el alias de Tom, un ingeniero agrónomo que hoy hace las veces de jefe de equipo, les da las últimas instrucciones: si escuchan un drone, les dice, el motor de un avión espía, deben esconderse entre los árboles. Estamos en el aparcamiento del parque, junto a varios corredores que estiran sus músculos preparándose para salir a hacer deporte, pero Bubba acaba su charla de motivación mirándoles con expresión dura y les suelta: “Si alguno es capturado o herido, que no espere rescate”.

La Milicia de Michigan es uno de los más de 1.300 grupos patrióticos monitorizados en Estados Unidos por diferentes asociaciones de derechos civiles. Algunos de estos grupos son considerados muy peligrosos e impredecibles por la retórica irracional, emocional y hasta conspiranoica que manejan. Por eso se les conoce como Grupos de Odio. La crisis económica, el aumento del paro y la reelección de Obama, un presidente negro, de apellido extranjero y padre musulmán, les ha hecho crecer en número.

 

Esta América racista, integrista, supremacista y llena de odio es el ecosistema perfecto para la aparición de lobos solitarios

“Las milicias más peligrosas son aquellas que profesan un odio extremo contra el Gobierno de Estados Unidos, que se dedican constantemente a hacer acopio de armas, que tienen enormes arsenales y que secretamente planean posibles acciones contra el Gobierno federal. Dicho esto, la mayor parte de las milicias son ciudadanos normales, que les gusta la milicia y que son partidarios de llevar armas y de las libertades de la segunda enmienda”, dice Jack Kay, antiguo rector de la Universidad de Michigan y que lleva años estudiando el fenómeno de las milicias. Desde su cátedra de Teoría de la Comunicación, ha analizado las estrategias de captación y propaganda de decenas de grupos radicales y está convencido de que muchos individuos violentos encuentran aquí el lugar donde socializar todas sus ocultas pulsiones de odio. Esta América racista, integrista, supremacista y llena de odio es el ecosistema perfecto para la aparición de lobos solitarios.

Lackomar, el portavoz de los milicianos de Michigan, parece un tipo muy normal. Casado, con dos hijos y con un buen empleo como camionero. Cuando me enseña el maletero de su furgoneta me quedo boquiabierto: “Siempre llevo mi rifle de combate, un Kaláshnikov, un arma muy buena… y llevo 10 cargadores de 30 balas cada uno… 300 disparos… Bueno, esto es lo que llevo habitualmente en el coche para cosas de emergencia, pero siempre que salgo de casa, aunque sea a la compra, llevo mi pistola y algún cargador de más, así que tengo 60 balas siempre encima”. Las leyes de Michigan prohíben llevar armas es­condidas bajo la chaqueta o el pantalón, así que Michael y muchos de sus colegas llevan sus pistolas a la cintura, a la vista de todo el mundo, como en el salvaje Oeste. Lackomar me insiste en que no son ultraderechistas, sino libertarios. Que no son racistas, ¡que incluso alguno tiene una esposa de origen filipino!, aunque me confirma que no hay ningún miembro negro, judío, hispano u homosexual. Pero sobre todo, insiste, está harto de que el Gobierno les considere chiflados. Ellos se consideran constitucionalistas, patriotas, defensores a ultranza de esa segunda enmienda que les garantiza el derecho a llevar armas y a formar milicias. Una enmienda a la Constitución de hace 200 años, en tiempos de guerra contra los británicos y los indios nativos.

Defcon 4. Las teorías de la conspiración que manejan estas milicias son de todo tipo: desde que la Agencia Federal de Emergencias (FEMA) está preparando campos de concentración en las Montañas Rocosas hasta que la Casa Blanca quiere imponer la ley marcial en todo el país. Desde que Obama va a requisar sus armas hasta que la Agenda 21 de la ONU, sobre la sostenibilidad del planeta, pretende robar los recursos naturales de Estados Unidos. La Milicia de Michigan nos confirma que ha rebajado su nivel de alerta a Defcon 3, nivel amarillo, amenaza media, aunque hasta hace poco estaba en Defcon 4, estado de alerta, casi de preguerra. ¿Pero contra qué o contra quién?, ¿quién es el enemigo?... Según Lackomar, todas las milicias deberían entrenarse en cinco áreas diferentes, cinco escenarios en los que todos sus hombres deberían activarse al momento: “En la lucha contra el crimen, haciendo patrullas vecinales, algo para lo que estamos muy capacitados; en respuesta ante desastres naturales, como los recientes tornados de Oklahoma o las inundaciones provocadas por el Katrina; en terrorismo, como lo de Boston; ante cualquier tipo de invasión, ya sea de Cuba, Corea del Norte o de zombis, y en luchar contra la tiranía de un Gobierno que se extralimite en sus funciones”.

 

Hay más de 1.300 grupos patrióticos monitorizados en Estados Unidos por diferentes asociaciones civiles, “estamos ante una distopía”

Las milicias creen de verdad que Estados Unidos está al borde de una especie de distopía, una sociedad indeseable en sí misma, una pesadilla vital. Están convencidos de que viene un nuevo orden mundial que les esclavizará, por eso insisten tanto en entrenarse contra eso que Alexis de Toqueville llamó la “tiranía de la mayoría”. Por eso viven en una cultura de la autodefensa y cultivan una retórica partisana. Por eso se ven a sí mismos como la resistencia, la fuerza de choque. Los que defenderán Estados Unidos contra todo aquello que les ataque. “Algo no funciona en América, en este país, cuando no podemos decir la palabra ‘patriota’ porque seremos considerados terroristas, donde no podemos decir ‘constitucionalistas’ porque somos tachados de terroristas”, se queja el coronel Robert Cross, el líder de los Ohio Minutemen, otra conocida milicia. Desde la ventana de su casa, en pleno campo, se puede ver la humeante vasija de la central nuclear de David-Besse, junto al lago Erie. Cross insiste en que no es un radical, sino alguien muy preocupado por la deriva liberal del Gobierno de Washington, pero Cross es un claro ejemplo de pensamiento cautivo y victimista. Como muchos milicianos, se cree elegido para una misión muy sacrificada y muy poco reconocida: defender a los demás, es decir, a su gente, de las tropas federales, de los cascos azules de la ONU, de los mercenarios de Blackwater o de los sicarios de los cárteles mexicanos. Todos esos supuestos enemigos están en la página web del supuestamente pacífico Cross, que en Internet explica cómo actuar si nos vemos envueltos en un tiroteo: “Lo primero, tráete un arma; lo segundo, tráete un amigo con armas, y en tercer lugar, tráete a todos tus amigos con armas…”.

Detroit, ciudad en ruinas. Hace ya muchos años que no llega ningún viajero a la Estación Central de Detroit, en Michigan. Hace décadas se concibió como el edificio ferroviario más alto del mundo, pero un día los trenes dejaron de salir. La ciudad del motor, que llegó a ser cuarta urbe de Estados Unidos, entró en crisis y empezó a perder población. Sus edificios se vaciaron, sus barrios se abandonaron, sus calles se pudrieron y acabó declarándose en quiebra ante la imposibilidad de pagar sus deudas. Esta ciudad se ha convertido en el epicentro de esa teología del odio que defienden muchos grupos extremistas. Una ciudad fallida, en quiebra, que ha perdido el 25% de su población en 30 años. Detroit ha pasado de dos millones de habitantes a apenas 700.000, tiene una tasa de paro insufrible de más del 20% y es la segunda ciudad más violenta de Estados Unidos (la primera está también en Michigan, a 100 kilómetros). Es una urbe abandonada a su suerte por el Ayuntamiento, que ha cortado la luz, el agua, la recogida de basuras o las patrullas policiales en muchos barrios porque, simplemente, apenas vive gente y ya no hay capacidad recaudatoria. Una ciudad que es un enorme bodegón del fracaso. La primera, como propone algún intelectual, acrópolis estadounidense. En este entorno, ¡cómo no van a surgir apóstoles del odio que galvanizan todo el resentimiento y la frustración de aquellos que sienten sus vidas desperdiciadas!

 

“Estamos preparados para la lucha contra el crimen y ante cualquier invasión, ya sean cubanos o zombis, la esvástica acojona”

“Los crímenes de odio, aquí en Michigan, han aumentado. Cuando la economía falla, hay una tendencia de determinada gente a simpatizar con estos grupos de odio porque necesitan a alguien a quien echar la culpa. Y ese chivo expiatorio son o los judíos, o las minorías, o los inmigrantes”. Heidi Budaj es la directora de la Liga Antidifamación, una organización que lleva más de cien años denunciando conductas xenófobas y racistas. En la actualidad monitorizan a más de mil grupos de los llamados de odio, rastreando constantemente sus webs, sus chats, sus mensajes o los discursos de sus líderes. Uno de ellos, el Movimiento Nacional Socialista (NSM), la mayor organización neonazi de Estados Unidos, tiene su base en Detroit. Le pregunto a Heidi, judía de origen húngaro que perdió a parte de su familia en los campos de concentración de la Alemania nazi, qué le diría al líder del NSM, Jeff Schoep: “A mí me fascina que alguien dedique toda su vida a difundir odio. Yo le preguntaría qué es lo que le convirtió en una máquina de odiar a minorías étnicas, a judíos, a afroamericanos, a gente que es diferente a él”. Schoep nos cita en la recepción de mi propio hotel porque su partido, confiesa, no tiene sede. Traslado la pregunta de Heidi al dirigente neonazi, que, sin perder su media sonrisa, contesta: “No se trata de odio, se trata de amor. Puedes considerarnos un grupo de amor, de amor a nuestra gente. Queremos tanto a esta nación que queremos separarnos de toda esa gente.”

“La esvástica acojona…”. Schoep tiene cara de niño bueno y una atildada presencia. Habla pausado y escogiendo sus palabras. Su discurso es afable, medido, hasta contenido. Jeff está convencido de que la raza blanca en Estados Unidos se está convirtiendo en una minoría. Su apellido es de origen alemán. Lo dice sin preguntarle, como orgulloso de su supuesta ascendencia aria. No quiere decir cuántos miembros son, pero en sus propios vídeos se adivina que a las manifestaciones apenas acude medio centenar. Según las estimaciones hechas por Jack Kay, el exrector de la Universidad de Michigan, “por cada miembro real de un grupo radical hay unos cien simpatizantes”.

Jeff ha escrito en la página web del NSM el ideario de su partido. Punto tres: “Demandamos territorios y colonias para alimentar a nuestra gente y enviar al exceso de población”. Un discurso que huele al famoso “espacio vital” de los nazis que desencadenó la II Guerra Mundial, aunque en persona lo suaviza y dicen que solo son ideas sueltas. Para posar para las fotos, Jeff se coloca delante de la bandera de su partido. ¿Por qué la esvástica? Primero cuenta una larga perorata sobre el significado esotérico de las runas y las cruces gamadas, pero al final reconoce: “La esvástica sugiere a nuestro enemigos que no hay trato. Cuando nuestros enemigos ven este símbolo, se acojonan. Si nos desafían, ya saben lo que significa: justicia rápida y despiadada.”

 

“Estamos seguros de que hay un genocidio programado contra la raza blanca a nivel mundial, y que somos el chivo expiatorio”

KKK, el imperio invisible. Muchos de estos grupos comparten ideologías, fines e incluso hasta los símbolos. La esvástica, por ejemplo, y el saludo nazi del brazo en alto son utilizados con frecuencia por muchos de los capítulos o hermandades del Ku Klux Klan. La sede de los Caballeros Tradicionalistas del KKK está en un pequeño pueblo de Misuri, a unos cien kilómetros al sur de San Luis. Las oficinas de esta cofradía del autodenominado “Imperio Invisible” es un pequeño despacho dentro del domicilio de su máximo líder, Frank Ancona, gran mago imperial. Ahí nos recibe, entre gatos, perros y hasta un cerdo que su esposa nos impide fotografiar por pudor. “Entre todos los capítulos del Klan seremos unos 7.000 miembros”, dice Ancona. “Por seguridad, no guardamos ningún archivo con los nombres de nuestra gente. Cada uno de los líderes locales sabe quiénes son. Y cada gran dragón conoce a sus líderes locales”.

Frank Ancona, hijo de un klansman y padre de futuros miembros de esta cofradía racista, se dibuja a sí mismo como un activista por los derechos civiles de los blancos. Su organización es la más antigua e infame de todos los movimientos supremacistas de Estados Unidos y en su larga historia tiene centenares de asesinatos rituales de afroamericanos. “Eran otras épocas”, sentencia Ancona, que asegura que ahora ya no son violentos: “Somos una organización cristiana, blanca y patriótica que se ocupa de los intereses de la raza blanca en América. La gente dice que cuando hablas de supremacismo blanco significa odio, pero lo que nosotros creemos cuando hablamos de supremacismo es simplemente que la raza blanca es superior a otras”.

Casi todas las órdenes del KKK tienen una receta social para implementar sus teorías racistas. Obviamente, en estos tiempos no pueden defender ni ideas violentas ni soluciones finales, pero sí que insisten en lo que ellos llaman el separatismo blanco. Rachel Pendergraft, líder de los Cruzados del KKK en Arkansas y presentadora en Internet de un informativo racista llamado Orgullo Blanco, se muestra categórica: “Estamos seguros de que hay un genocidio programado contra la raza blanca a nivel mundial, y que somos el chivo expiatorio para todo lo que está funcionando mal en nuestro planeta”. Por eso, insiste, la única solución es el separatismo. El segregacionismo. La separación de las razas. Evitar la mezcla. La contaminación. Rachel vive en una zona, las montañas de Harrison, que desde un punto de vista racial es químicamente pura. Solo hay blancos. En la sede del KKK se reúnen los domingos los racistas locales para oír misa, socializar entre ellos y hacer una barbacoa. Es como un club de campo que emana odio. Aquí se defiende el apartheid, los guetos para otras razas, o una nueva política de bantustanes donde encerrar a negros, judíos o hispanos.

 

“La esvástica sugiere a nuestros enemigos que no hay trato, ellos saben lo que significa: justicia despiadada”

“Es difícil encontrar una organización supremacista blanca cuyos miembros no hayan cometido algún delito o pasado por la cárcel. En Naciones Arias, el 95% de los miembros hemos estado en prisión”. Paul Mullet nos cita en la caravana en la que vive y que le sirve de cuartel general de la que probablemente sea la más violenta, integrista y radical de todas las organizaciones extremistas. Naciones Arias ha tenido un pasado turbulento, y el propio Mullet se define como un tipo violento. Lleva un uniforme que recuerda bastante al de los camisas pardas del partido nazi de Hitler, y nos pide que hablemos bajo porque su hija de cuatro meses está recién dormida. Desde su ordenador ha escrito el manual del cruzado de Dios, el decálogo del buen racista y todas esas mamarrachadas de que los arios, como el propio Mullet, son una raza de dioses. Los descendientes, asegura, de las doce tribus de Israel. Adán y Eva, insiste, tuvieron solo un hijo, Abel, el primero del linaje de los blancos como él. Eva, sin embargo, tuvo ayuntamiento carnal con el diablo, con la serpiente bíblica, y de ahí salió Caín, el hermano malo del cual descienden los judíos, negros y el resto de razas. Paul dice que está todo muy bien documentado. La guarida del odio, la sede de Naciones Arias, esa organización ultracristiana y extrema, resulta ser la habitación de Mullet.

“Claro que soy racista. Yo, como blanco, me creo superior a las otras razas. Por supuesto”. Mullet no tiene pelos en la lengua. No es un racista políticamente correcto. El gurú de tantos supremacistas es un hombre lleno de odio. Alguien cuya capacidad de amar ha sido desactivada. Un paranoico que se cree elegido por su dios para depurar el mundo. Tipos como él son los que incendian de ira a lobos solitarios que acaban poniendo en práctica todo lo que estos sujetos vomitan en Internet. Gracias a la Red, Mullet se ha convertido en el referente de una ideología alimentada por el rencor. Antes de irnos de su casa, le pregunto si se siente a gusto viviendo en el odio. Y me responde: “Sí. Me siento bien. Es lo que soy. Un tipo que odia.”

 

Paul Krugman: “La inconsciencia sobre uno mismo es letal. El desamparo de la cúpula republicana frente al ‘trumpismo’, un ejemplo”

Paul Krugman, premio Nobel de Economía, ha hecho pública una columna en el New York Times, titulada, ‘El ocaso del aparado republicano’… “Como muchos han señalado, resulta llamativo lo escandalizada -¡es un escándalo! ¡en este local se juega!- que está esa cúpula por el éxito de la campaña racista y xenófoba de Donald Trump. ¿Quién iba a imaginar que algo así atraería a las bases del partido? ¿No es el Partido Republicano el partido de Ronald Reagan, que promocionó el conservadurismo con nobles mensajes filosóficos como cuando hablaba de un ‘fornido jovenzuelo’ que usaba las ayudas para la compra de alimentos para hacerse chuletones?

Hablando en serio, la estrategia política republicana lleva casi medio siglo explotando el antagonismo racial, consiguiendo que los blancos de clase trabajadora desprecien al Gobierno porque se atreve a ayudar a Esa Gente. Por eso resulta sorprendente ver a la élite del partido absolutamente estupefacta ante el éxito de un candidato que no hace más que decir con claridad lo que ellos han intentado transmitir continuamente mediante mensajes encubiertos.

Sin embargo, lo que me resulta más sorprendente todavía son las ilusiones de la clase dirigente republicana acerca de lo que quieren sus votantes. Verán, todo indica que la élite del partido imagina que los votantes de base comparten su fe en los principios conservadores, cuando eso no solo no es cierto, sino que nunca lo ha sido…”.

He aquí un ejemplo: el verano pasado, cuando Trump iniciaba su ascenso, prometió no recortar la Seguridad Social, y expertos en la materia como William Kristol declararon con regocijo que estaba “dispuesto a perder las primarias para ganar las generales”. La realidad, sin embargo, es que el electorado republicano no comparte en absoluto el entusiasmo de la élite por los recortes de las ayudas sociales (recuerden que el intento de George W. Bush de privatizar la Seguridad Social quedó encallado ante la desaprobación tanto de los republicanos como de los demócratas).

Pero así y todo, la cúpula republicana sigue pareciendo incapaz de entender que casi ninguno de sus votantes, y, menos aún, la cantidad de votantes que necesitaría para ganar las elecciones generales, se identifica con la ideología del mercado libre y el Gobierno reducido. De hecho, aunque Marco Rubio -la última esperanza de la cúpula- por fin haya empezado a perseguir al favorito, hasta ahora sus ataques parecen sustentarse casi por completo en el cuestionamiento de la pureza ideológica del ‘Bien Peinado’. ¿Por qué cree que a los votantes les importa eso?

“Ah, y la élite republicana también estaba segura de que Trump pagaría un alto precio por asegurar que nos engañaron para que entrásemos en Irak, sin ser consciente, evidentemente, de lo generalizada que está esa (acertada) creencia entre los estadounidenses de todas las ideologías políticas. De modo que, ¿cuál es el origen de este alejamiento de la realidad? Yo insinuaría que la respuesta es que, durante estos últimos años y, de hecho, durante las dos últimas décadas, convertirse en activista conservador ha sido una opción profesional cómoda y de poco riesgo. La mayoría de los cargos públicos republicanos tienen puestos fijos que pueden contar con conservar si son lo bastante ortodoxos. Es más, si tuviesen algún tropiezo, caerían en la ‘red de protección de fanáticos’, ese conjunto de puestos en medios de comunicación, comités asesores, etcétera, de derechas que siempre están ahí para los abanderados leales. Y la lealtad es casi lo único que importa. ¿Que un economista de un think tank de derechas tiene una trayectoria llamativa de errores lamentables? ¿Que un experto tiene un historial casi surrealista de meteduras de pata? Da igual, siempre que se ciñan a la línea de la ortodoxia.

No hay, por cierto, nada similar en el bando demócrata. Naturalmente, hay una clase dirigente, pero es mucho más difusa, está financiada con mucha menos generosidad, insiste mucho menos en la ortodoxia y tolera mucho menos la incompetencia leal. Pero volviendo al hermético mundo de la élite republicana: este mundo, como he dicho, existe desde hace décadas. La consecuencia es una cúpula integrada por perros fieles, hombres (sobre todo) que han pasado toda su vida profesional en un entorno en el que repetir lo que dice la ortodoxia oficial garantiza una vida fácil, mientras que cualquier desviación de esa ortodoxia se traduce en la excomunión. Saben que la gente de fuera del partido no está de acuerdo, pero eso no afecta demasiado a sus carreras.

Ahora, sin embargo, se enfrentan a la realidad de que la mayoría de los votantes del partido tampoco comulgan con esa ortodoxia. Y todo hace pensar que ese hecho sigue sin caberles en la cabeza. Se limitan a seguir esperando que Donald Trump caiga en desgracia, una caída que, en su mundo, siempre le llega a quienquiera que cuestione la verdad eterna de la economía de la oferta o el evangelio del 11-S. Incluso ahora, cuando casi seguro que ya es demasiado tarde para detener el expreso Trump, siguen pensando que exclamar ‘¡Pero él no es un conservador auténtico!’ es un ataque eficaz.

Evidentemente, las cosas serían de otra manera si Trump se asegurase en efecto la candidatura republicana (cosa que ya sucedió). ¿Seguiría funcionándole su tosca manera de apelar a los más bajos instintos de los estadounidenses blancos? No lo creo. Pero dada la inutilidad de la élite de su partido, me inclino por pensar que tendremos ocasión de averiguarlo”. Paul Krugman se equivocó. En estas horas posteriores al mayor ataque de los yihadistas en suelo norteamericano, tras el 11-S de Osama Bin Laden, contra las Torres Gemelas en Nueva York y el Pentágono en Washington, Donal Trump ha arreciado sus ataques racistas…

 

Donald Trump se niega a rechazar este domingo el apoyo de un conocido supremacista blanco y antiguo líder de KKK, David Duke

No hay día tranquilo en el campo Trump. En este caso, la generación de titular de prensa junto al nombre de Donald Trump ha ido asociado a uno de los grupos y capítulos más oscuros de la historia de Estados Unidos. El magnate se ha negado a rechazar el apoyo de un conocido supremacista blanco y antiguo líder del Ku Klux Klan (KKK), David Duke. Líder de los Caballeros del Ku Klux Klan, Duke declaró desde su programa radiofónico que no votar por Trump sería “traicionar nuestra herencia”. “En la campaña están pidiendo a gritos voluntarios”, dijo el antiguo líder del KKK. “Acercaros y conoceréis personas con la misma mentalidad que vosotros”.

Hasta cuatro veces se negó Trump  a repudiar el apoyo de Duke o rechazar el respaldo de supremacistas blancos durante los programas televisivos… “No sé nada sobre David Duke”, dijo en su habitual tono brusco. “Ni siquiera sé de qué habla cuando dice supremacistas blancos”, respondió mal encarado. Y sin embargo, a una pregunta de un redactor de prensa sobre qué opinaba del apoyo dado por Duke, simplemente lo rechazó. “Lo repudio”, dijo.

Corta memoria parece tener Trump respecto a conocer o no conocer a Duke. Allá por el año 2000, cuando el magnate dio por concluido su deseo de participar en la carrera por la Casa Blanca, el empresario alegó como razón el hecho de que David Duke fuera parte del Partido Reformista. “El Partido Reformista incluye ahora a un hombre del Klan, el señor Duke; a un neonazi, el señor [Pat] Buchanan; y a una comunista, la señora [Lenora] Fulani. Estas no son compañías que desee tener”, puntualizó.

Duke no es el único con simpatía hacia Trump. El líder del Partido Nazi Americano, Rocky Suhayda, se manifestó el pasado diciembre encantado con el plan de Trump para rechazar la entrada de musulmanes en Estados Unidos. El editor de la página web neonazi The Daily Stormer, Andrew Anglin, escribió un texto titulado “Heil Donald Trump, el último salvador”, en apoyo a esa propuesta. Y acababa así su artículo, parafraseando al magnate con un guiño supremacista: “Make America White Again!” (“¡Vuelve a hacer blanco Estados Unidos!”).

Por si las afinidades de Trump con la extrema derecha no eran suficientes, retuiteó una cita de Mussolini y luego se negó a distanciarse del dictador italiano. “@ilduce2016: “Es mejor vivir un día como un león que 100 como una oveja”,- @realDonaldTrump #MakeAmericaGreatAgain”, tuiteó el favorito republicano a la nominación. “Mussolini es Mussolini”, contestó al periodista que le preguntaba en la cadena MSNBC si no le importaba ser asociado con un dictador. “¿Qué importa si la frase es de Mussolini o de otra persona?”, dijo. “Es una cita muy interesante”. Sin duda.

‘La América del odio’, didáctico documental tras Orlando; describe la senda más ‘conspiranoica’, racista e integrista de EE UU en tiempos del yihadismo del Estado Islámico; día a día del Ku Klux Klan, de los extremistas cristianos que preparan una guerra santa racial y de los grupos neonazis que quieren limpiar el país de homosexuales y judíos; “Adán y Eva, insiste, tuvieron solo un hijo, Abel, el primero del linaje de los blancos como él. Eva, sin embargo, tuvo ayuntamiento carnal con el diablo, con la serpiente bíblica, y de ahí salió Caín, el hermano malo del cual descienden los judíos, negros y el resto de razas. Está todo muy bien documentado”, justifica Paul Mullet de Naciones Arias, la más violenta, integrista y radical de las ‘sectas’; “Hacer una América grande otra vez”, el slogan de Donald Trump se transforma: ‘Haz que America odie otra vez’.

@SantiGurtubay

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