El Bestiario

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EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA

“Todo es según el color del cristal con que se mira…”. La expresión ‘Ley Campoamor’ se usa a modo de metáfora, o de recurso retórico, con que poder decir a alguien que se ha hecho una interpretación interesada de algo, ya sea de un hecho o bien de una disposición legal o reglamentaria. En la Administración pública española es una expresión usada con cierta frecuencia en aquellas ocasiones en las cuales un jefe hace interpretación, apreciación, o aplicación, de reglamentos a su albedrío, que no es coincidente con la interpretación general y comúnmente aceptada o entendida. En esos casos arbitrarios se dice entonces que la persona en cuestión aplica la ley campoamor. El cantante Joan Manuel Serrat al que llamaron fascista se lo merecía “porque tiene intereses en Castilla, y un icono nuestro no puede permitirse tener intereses en Castilla ni decir que el referéndum no tiene garantías”. Esta exageración suena a eco agrandado: ahora en Cataluña “tenemos dos enemigos, el ISIS y el Estado Español” 

La frase ‘Ley Campoamor’ se basa en el texto del famoso poema de Ramón de Campoamor que dice: “En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira”, el cual supone una pesimista pero bella manera de expresar, y admitir, que nada vale, que ningún valor es inmutable, y que inevitablemente impera el subjetivismo, la arbitrariedad, y el relativismo, en todas las facetas de nuestro mundo (por ello, traidor a la verdad y justicia, según el poeta), sin embargo, la afirmación de Campoamor no cae solamente en el relativismo y en el subjetivismo, sino en un desencanto del mundo, en donde la referencia al “mundo traidor” significa que el mundo en sí, la realidad, no es confiable, es sujeto de desconfianza debido a que cambia, se transforma, un día nos muestra un rostro y otro día otro. Ello supone que en el verso de Campoamor lo mismo impera el subjetivismo, con la referencia al color del cristal con que se mira; que la desconfianza en el mundo y su constante transformación.

Paul Joseph Goebbels​ fue un político alemán que ocupó el cargo de ministro para la Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich. Goebbels sonreía cuando requisaba lujosas alfombras en París. Las robaba como quienes les roban los dientes a los muertos. De resto trabajaba en la propaganda. Sin una sonrisa, con grito y dientes. A él se deben algunos principios, llamados así aunque no sean valores. Por ejemplo, sobre el adversario: es preciso individualizarlo como si fuera un único enemigo. A los adversarios conviene concentrarlos en uno solo; si son muchos, que parezcan un individuo. Así la diana no se distrae. Contra el adversario vale todo, incluso nuestros propios defectos o errores. Y si se mueve el adversario, leña infinita, hasta que hable inglés. Y si al adversario se le ocurre transmitir malas noticias sobre ti, invéntale tú otras peores. Así se distraerán las verdaderas.

Cualquier pequeñez bien alimentada se convierte en un bicho gigantesco que ha de engullir al adversario. La masa olvida, invéntale algo simple, que digiera; una vez digerido ese bolo (ese bulo) ya todo el camino se hace más llevadero. Y no hay que liarse: cuantas menos ideas se metan en ese bolo, mejor; agitadas como se debe tienen un efecto demoledor, porque la masa precisa de eslóganes que se repitan como convicciones celestiales. No dejes lugar a dudas; si mientes has de hacerlo con la certeza de los hombres impávidos de Marienbad. Y repite, repite lo que haga falta. “Te lo tengo dicho”, hay que decir a los que difunden el bolo: “Una mentira suficientemente repetida se convierte en verdad”. ‘El año pasado en Marienbad’ (en francés L’Année dernière à Marienbad) es una película francesa de 1961 dirigida por Alain Resnais. El film es famoso por la ambigüedad de su estructura narrativa, que ha desconcertado y dividido mucho las críticas. La dimensión onírica y la confusión entre realidad e ilusión han inspirado posteriormente a muchos realizadores. En una reunión social que se celebra en un château, un hombre se aproxima a una mujer. El hombre sostiene que se han encontrado el año pasado en Marienbad y está convencido de que ella lo está esperando allí. La mujer insiste en que nunca se han conocido…

Según ese ideario simplificado del ministro de la ‘Comunicación’ de Adolf Hitler, de este maestro de la luz de gas, hay que distraer a la masa hasta hacerla sucumbir en el panal de rica miel. Por ejemplo, ofrécele el paraíso. Terminará creyendo que existe. Y si existe el paraíso, ¿por qué tenemos que vivir en el infierno? Para llegar a la perfección de este círculo vicioso pero estupendo es necesario construir prontuarios fáciles de difundir y útiles para confundir al pueblo. Los medios de comunicación afines son la vaselina para cualquier trágala, pues la masa está contenta, y además quiere estar más contenta teniendo algo sobre lo que montar su fascinación. La mentira ya es su verdad.

Según ese circuito de propaganda que fabricó el ladrón de alfombras más famoso del siglo XX, la propaganda, que era su elixir, debe basarse en ideas fuerza, como la patria, el nacionalismo y el odio al otro, montado sobre prejuicios de cualquier tipo. Raciales, por ejemplo. Él robaba a los judíos, por ejemplo, porque le gustaban sus alfombras, pero nada más. Por último, la unanimidad. La gente debe pensar que, disponiendo de esas ideas, piensa como todo el mundo. Alfombrados en esa feliz unanimidad se vuelven locos y salen a la calle por cualquier cosa.

Hace años, Juan Cruz, nos confiesa estos días aciagos en la historia de España, con el proceso de sedición de Cataluña, guardó la nota en que escribió esos principios bajo una alfombra. Ahora, al periodista y escritor español, profesor invitado en la Escuela de Periodismo UAM - El País, le ha parecido interesante sacarlos de nuevo para observar que en este mundo cruel ya casi todo lo malo está más que inventado. Alerta general contra la mentira…

El viento sopla como de Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, a quien le vimos estos días arrojar rollos de papel higiénico a los damnificados por el huracán ‘María’ en Puerto Rico, pero nos alcanzó hace rato… El lunes 2 de octubre tras la puesta en escena del Primero de Octubre con referéndum ilegal incluido, con apoyos de casi un cien por ciento de los ‘autovotantes’ independentistas, que nos evocaba aquellas consultas de Francisco Franco por los lejanos 1966,  para que apoyaran nuestros padres la Ley Orgánica -la ‘Constitución’ del Generalísimo, defensor del nazismo y el fascismo de Adolf Hitler y Benito Mussolini, líder posterior de la lucha europea contra el comunismo de Joseph Stalin, llenando su España de bases militares de los Estados Unidos de Dwight David ‘Ike’ Eisenhower - ya había muerto una persona a la que le dio un infarto mientras votaba en Lleida. No murió, por fortuna seguía vivo.

Había cerca de 800 heridos, caídos en el combate del domingo 1-O. No era así exactamente. La policía fue brutal, lo vio el mundo entero, pero esas no eran heridas de guerra ni requirieron las vendas que llevan consigo las heridas graves. El número ya impacta: 800. Con que hubiera habido ocho ya sería grave. Pero para que algo duela de verdad en el oído hay que mantenerlo numeroso, y dejarlo ahí: no se especifica si fue una herida en una ceja o en el omoplato, tiene que ser mucho y para siempre. En la turbamulta el número es lo que se oye: da igual que haya entrado y salido del hospital. La verdad repetida es que hay ochocientos, y parece que hay ochocientos en ochocientas camas. Había una señora con cinco dedos fracturados por un Guardia Civil. Al día siguiente aparecía con una venda en la mano contraria. Horas después participaba en un concurso gastronómico. “Solo había sido una pequeña luxación…”. Los directores de cine Luis Buñuel y Luis García Berlanga, ambos desde la eternidad deben estar siguiendo con atención lo que pudiera ser un guión para los ‘remakes’ de ‘El discreto encanto de la burguesía’, ‘Bienvenido Mister Marshal’, ‘El Verdugo’…

 

“Una alerta general contra la mentira debería ser ahora de urgente necesidad. Para que no nos sepulte el deporte letal de la maledicencia”

La verdad como exageración, interesante manera de reflejar la realidad, aumentándola, prolongando sus efectos de multitud herida. Pero hay más. El cantante Joan Manuel Serrat al que llamaron fascista se lo merecía “porque tiene intereses en Castilla, y un icono nuestro no puede permitirse tener intereses en Castilla ni decir que el referéndum no tiene garantías”. Esta exageración suena a eco agrandado: ahora en Cataluña “tenemos dos enemigos, el ISIS y el Estado Español”.  No están todas las mentiras en Twitter, o en las restantes redes sociales; algunas se quedan en el nivel de la calle, de las habladurías, y corren como la espuma. Esvásticas acusadoras, Cara al Sol, himnos de una patria y de otra, verbos como armas, traidores de uno y de otro bando, “tengo miedo”, “son unos fachas”. Se juega con fuego, y el fuego está a la orden del día, basta con implorarlo. “Dame fuego”. “Toma este chisme”. Y ya se riega el suelo con los inventos que son invectivas como dardos. Cuidado, nos están dando metralla y creemos que son palabras. Estamos construyendo el odio entre nosotros. Es verbal, todavía.

La gente está dispuesta a creérselo todo y a pasarlo. Sucedió en los prolegómenos de la Guerra Civil, y lean para alimentar el susto el instructivo prólogo de ‘El holocausto español’, de Paul Preston. Pasa en todas las guerras y pasa también en las escaramuzas. En su ensayo sobre los peligros de la posverdad (‘Sobre la tiranía’), Timothy Snyder aconseja desprenderse de las redes, ir a las fuentes, saber de veras qué pasa. Esta imagen saltó esta tarde a los móviles: alguien auxilia a un afectado por las avalanchas policiales en Barcelona; no se ve muy bien, pero la alerta dice: están maltratando a alguien que ayuda a otro que se está muriendo. No es así, lo que se ve no es eso. Pero es tan verdad ahora como que “Ánjela Merkel llamó a Mariano Rajoy y le dijo que parara a la Guardia Civil, que esto es Europa”.

Juan Cruz, ni corto ni perezoso se fue a Barcelona... “Después de la batalla escuché esas cosas, el Isis es igual a España, el cantante al que llamaron fascista se lo merece por estar cerca de Castilla, el infartado de Lérida se ha muerto, menos mal que Merkel le tiró de las orejas a Rajoy. En el otro lado de la trinchera, pues ya estamos con una trinchera en medio, se dicen otras mentiras, claro, pues ahora la guerra se hace de palabras, aparte de las escaramuzas graves del domingo. El presidente del Gobierno, por ejemplo, dijo que no había pasado nada, y usó la televisión en cadena para desmentir que lo que habíamos visto hubiera sucedido. Era mentira, pasó de todo. Si hasta en la aparición más solemne se desvía la vista de la realidad para que la gente se acueste con una mentira, ¿qué no harán los que hablan en las esquinas de las redes aventando lo que a base de ser mentira repetida ‘es verdad por mi madre bendita que yo lo vi’? Una alerta general contra la mentira debería ser ahora de urgente necesidad. Para que no nos sepulte el deporte letal de la maledicencia”.

 

Film tragicómico del valenciano Luis García Berlanga, una surrealista del aragonés Luis Buñuel, o una ‘movida’ del manchego Pedro Almodóvar

José Ignacio Torreblanca es profesor titular de Ciencia Política en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) en Madrid, donde enseña Fundamentos de Ciencia Política, Sistema Político de la Unión Europea y Democracia y legitimidad en la Unión Europea. También es Doctor Miembro del Instituto Juan March de Estudios e Investigaciones. Sus últimos libros en español son ‘Asaltar los cielos’ (2015), ‘¿Quién gobierna en Europa?: reconstruir la democracia, recuperar a la ciudadanía’ (2014) y ‘La fragmentación del poder europeo’ (2011). En inglés, ha sido coautor de ‘The Eurosceptic surge and how to respond to it’ (con Mark Leonard, ECFR 2014) y ‘What is political union?’ (con Sebastian Dullien, ECFR 2012).

Xavier Vidal-Folch. Licenciado en Periodismo, Derecho e Historia Contemporánea, es periodista. Miembro fundador de El Periódico y de El País/Catalunya, ha sido en este diario jefe de Economía, delegado en Bruselas y director adjunto. Actualmente, es columnista sobre asuntos económicos y europeos de El País. Fundador y primer presidente de Global Editors Network y World Editor Forums, es además de editor de ‘Els catalans i el poder’ (1994). Es autor de ‘¿Cataluña independiente?’ (Fundación ALternativas-Los Libros de la Catarata).

José Ignacio y Xavier han escrito estos días una serie de columnas que se ha convertido en textos de obligada lectura para poder entender lo que para muchos ciudadanos e intelectuales es una película tragicómica del neorrealismo español del valenciano Luis García Berlanga, una surrealista del aragonés Luis Buñuel, o una nueva versión del manchego Pedro Almodóvar y su ‘Movida Madrileña’ ahora ‘Movida Catalana’, con la incorporación de iconos nacionalistas machos como Carles Puigdemont, Oriol Junqueras, Artur Mas…, y su ‘expresident’ de la Generalitt, Jordi Pujol, defraudador acusado y confeso de la Hacienda Catalana: ‘Hombres y Mujeres al borde de un ataque de nervios, mitos y falsedades del independentismo’.

 

“En 1714 hubo una guerra de secesión que acabó con Cataluña sojuzgada” y “España nos roba, fuera de España seríamos más ricos”

El independentismo catalán se sustenta en unas afirmaciones rotundas y repetidas a menudo. Van desde las creencias históricas (en 1714 hubo una guerra de secesión que acabó con Cataluña sojuzgada) hasta las económicas (España nos roba, fuera de España seríamos más ricos). Todas ellas son falsas. Torreblanca y Vidal-Folch recogen y analizan algunos de estos mitos y falsedades que no se sostienen con un estudio pormenorizado. No es cierto, por ejemplo, y así está reflejado en los tratados europeos, que una Cataluña independiente ingresaría automáticamente en la Unión Europea. Al contrario: debería recorrer un periplo institucional e internacional complejo y azaroso, con la ONU de por medio como etapa. Tampoco es cierto que el Estado de las Autonomías haya fracasado, que votar siempre sea democrático (las dictaduras también organizaron referendos) o que la consulta convocada para el pasado 1 de octubre sea legal (es ilegal por su contenido, por su tramitación en el Parlamento catalán y conculca además disposiciones de la Comisión de Venecia del Consejo de Europa). Asimismo, no es cierto que Cataluña pueda separarse legalmente de España apelando al derecho de autodeterminación, ya que ese derecho se reserva a “pueblos sometidos a dominación colonial”. Tampoco es verdad que la Constitución votada en 1978 sea “hostil a los catalanes”.

“La guerra de 1714 fue de secesión”. El relato independentista sostiene, basándose en la vieja historiografía romántica, que la guerra de sucesión española de principios del siglo XVIII fue una guerra de secesión, de independencia de Cataluña respecto de España. Un pueblo independiente y democrático, dice, “fue conquistado y sus libertades abolidas”. Al contrario que el pueblo estadounidense, que en 1773 se liberó del yugo colonial británico, Cataluña fue sometida, afirma (Give Catalonia its freedom to vote, The Independent, 10/10/2014). No fue así. Al morir Carlos II El Hechizado (1700) sin descendencia directa, se desató una batalla europea por hacerse con la Corona de España. Los dos grandes candidatos eran Felipe V de Borbón (nieto de Luis XIV de Francia) y el archiduque Carlos de Austria. Los Borbones pretendían la hegemonía continental, aliando a España con Francia. Los austracistas contaban con el apoyo de Inglaterra -siempre aterrada ante un excesivo poder de una sola nación en el continente-, secundada por los Países Bajos.

 

El vago proto-confederalismo de Viena frente a la centralización absolutista heredera del rey Sol; las periferias versus el centro de Europa

Lo que pronto sería una cruenta guerra de monarquías también lo fue de proyectos: el librecambismo anglo-holandés frente al proteccionismo fisiócrata francés; la burguesía mercantil frente a la alianza de las aristocracias agrícola y cortesana; el vago proto-confederalismo de Viena frente a la centralización absolutista heredera del rey Sol; las periferias versus el centro de Europa. Estas líneas divisorias acabaron encontrando partidarios, fieles y servidores en distintos lugares de la Península. Aunque fueron alianzas efímeras y variables, el reino de Castilla sintonizó más con el envite francés; el Principado de Cataluña, más mercantil, con las incitaciones austracistas.

Pero, al inicio, los catalanes acogieron al Borbón con entusiasmo, como ha historiado el gran especialista del momento, Joaquim Albareda (‘La guerra de sucessió i l’Onze de setembre, Empúries; y Política, economia i guerra’, Barcelona 1700, Colecció La Ciutat del Born). En efecto, ante las Cortes catalanas, reunidas en 1701 por vez primera desde 1599, ¡hacía un siglo! (lo que indica que el sistema funcionaba a poco gas), Felipe juró las Constituciones supervivientes de la Edad Media. Y otorgó un puerto franco a Barcelona, licencia para dos barcos anuales a América y otras libertades comerciales.

Pero, empujados por el síndrome antifrancés desde la reciente y frustrante anexión a Francia (entre 1640, cuando el incompetente canónigo/president Pau Claris entregó el Principado a Luis XIII, y 1652, cuando, desengañados de París, los catalanes volvieron a la Corona hispánica); por la invasión de manufacturas galas y por algunas medidas despóticas del virrey, cambiaron de bando y se entregaron al archiduque, que les abandonó para ir a Viena y coronarse emperador. Se había desatado una guerra internacional doblada de guerra civil: francófilos contra austracistas. Y una guerra civil dentro de la guerra civil: las clases industriales e ilustradas, con los Borbones desde Mataró; los componentes más humildes de los gremios, formando la Coronela, una milicia austracista derrotada y pasada a fuego, en Barcelona.

No fue pues una guerra de una nación contra otra, ni de independencia, ni de secesión, ni patriótica, sino que las leyes y Constituciones catalanas antiguas se usaron por ambos bandos como reclamo, lema, anzuelo o coartada cambiante. Trajo desastres, pero no destruyó el Principado. El final de la guerra catapultó a Cataluña a la revolución económica: primero agrícola-mercantil y luego proto-industrial, como asegura el maestro Pierre Vilar en ‘Catalunya en l’Espanya moderna’ (Ediciones 62).

 

Al contrario que Francia o Italia, muy centralizados, España diseñó su Constitución tomando como modelo a la República Federal de Alemania

“La Constitución de 1978 es hostil a los catalanes”. Los independentistas sostienen que hay que superar la Constitución de 1978 porque es “hostil a los catalanes”. Y pretenden derogarla basándose en los 1,9 millones de votos a partidos independentistas (Junts pel Sí y la CUP) en las elecciones autonómicas (planteadas como plebiscitarias) de 2015: un 47,7% de los votantes. Pero la Constitución fue apoyada por 2,7 millones de catalanes, el 91,09% de los votantes en el referéndum constitucional del 6 de diciembre de 1978 (¡cerca del doble de los secesionistas de 2015!), dos puntos por encima de la media; la rechazaron un 4,26%, frente al 7,89% de la media, con una participación del 67,91%. Fue, junto a Andalucía, la comunidad que más respaldo dio a la Constitución. Resulta pues obvio que la superación del marco constitucional actual requeriría, al menos, una mayoría concurrente equivalente a la de entonces.

Lo cierto es que la Constitución de 1978 no es la de un “Estado hostil” a los catalanes. Su organización autonómica no es una pantalla pasada, contra lo que pretende el secesionismo, sino una Constitución típica de un Estado profundamente descentralizado. Al contrario que Francia o Italia, muy centralizados, España diseñó su Constitución tomando como modelo a la República Federal de Alemania, por tanto, en clave federal. Así, el artículo 2 “reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”. A la Constitución se la conoce como la de los catalanes, por la influencia directa de los constituyentes Miquel Roca Junyent y Jordi Solé Tura, y la indirecta a través de los equipos de trabajo de otros de sus colegas (centristas y socialistas). Y porque su concepción y organización autonómica (Título VIII, concepto de “nacionalidades”) es tributaria tanto del empuje autonomista de la Cataluña del momento como del registrado en los años 30, plasmado en la Constitución republicana de 1931 y en el Estatut de 1932, que en buena medida inspiraron los textos de 1978 y 1979.

El que ahora algunos denominan despreciativamente “régimen de 1978” fundado sobre esa Constitución posibilitó una inédita (e históricamente excepcional) participación de los catalanes en la orientación de la política española, con su activa presencia en el Congreso y el Senado e innumerables organismos públicos. Lo hicieron sobre todo a través de sus partidos mayoritarios: los socialistas del PSC protagonizaron desde 1982 un notable desembarco en los Gobiernos de Felipe González; los nacionalistas (de CiU), entonces moderados, completaron casi todas las mayorías parlamentarias, votaron casi todas las leyes importantes y condicionaron a todos los Gobiernos, del PSOE y del PP.

 

Catalanes en solitario serían más ricos, una ensoñación, conforman, con Madrid, País Vasco y Baleares, una de las comunidades más prósperas

“Espa nos roba”. Esta falsedad la puso en circulación la Generalitat de Artur Mas en 2012, al publicar un cálculo según el cual Cataluña estaría aportando 16.409 millones de euros al presupuesto común. El supuesto robo del 8,4% del PIB de Cataluña fue difundido por el expresidente Jordi Pujol: “Pagar en torno al 9% de su PIB por concepto de solidaridad, y con frecuencia más, se convierte en un expolio que perjudica gravemente a Cataluña y su gente”. Ese cálculo es un desatino. El estudio nacionalista que en 1994 lanzó el concepto de “expolio” calculaba la balanza en el 7,56% del PIB, de los cuales la aportación a la solidaridad interregional justificaba 2,44 puntos. El trabajo, de Jordi Pons y Ramon Tremosa, cifraba pues el exceso de déficit en algo más de cinco puntos, no ya de nueve. Cifras menos lejanas a los déficits fiscales de los territorios más prósperos en los países federales, en torno al 3,85%.

En realidad, los nacionalistas catalanes defendieron en su propuesta de pacto fiscal de modelo a la vasca corregido (“concierto solidario”) una cuota de solidaridad del 4% del PIB (rebajada al 2% en algunas versiones), con lo cual el déficit fiscal excesivo no sería de ocho puntos, sino de cuatro. Pero la doble cifra tótem de 16.409 millones de euros (8,4% del PIB) fue la que se empleó para la propaganda. Y recibió muchas críticas, por desmesurada, ya que se estimó según uno de los dos métodos (y seis variantes) de cálculo científico de las balanzas (“flujo monetario”: territorio donde se produce el gasto público), menos indicado que su alternativa (“beneficio” a cada población, independientemente del lugar del gasto).

El economista Antoni Zabalza distinguió entre los ciclos económicos. En el libro ‘Economia d’una Espanya plurinacional’, calculó que si en tiempos de bonanza el déficit catalán oscilaba en torno al 8%, en fases de crisis era muy inferior o se convertía incluso en superávit. En parecida línea, Josep Borrell y Joan Llorach, en su libro ‘Las cuentas y los cuentos de la independencia’, recogían una estimación de la Generalitat según la cual el desbalance para Cataluña alcanzaría en 2015 solamente 3.228 millones de euros: esto es, solo un 1,6% de su PIB. Así que tras haberse convertido en “verdad oficial del procés”, el fervor sobre el mito de los 16.460 millones perdidos se fue mitigando en el ámbito de mayor cultura económica.

En realidad, hay un cierto consenso en que Cataluña contribuye según sus capacidades y riqueza lo que le corresponde; pero recibe mucha menor inversión que la adecuada para el peso de su PIB y de su población en ambos parámetros globales: de 2011 a 2015 la inversión estatal presupuestada para toda España bajó un 36,6%, por un 57,9% en Cataluña; y la ejecutada fue aún mucho peor. Esta es una de las vías aptas para corregir las disfunciones -que no expolio-, de la situación actual. En cualquier caso, las balanzas oficiales del Gobierno para 2014 indicaban que Cataluña no era la primera comunidad contribuyente neta (déficit fiscal de 9.892 millones, el 5,02% del PIB) sino la segunda, tras Madrid (19.205 millones negativos, un 9,8% de su PIB).

Siempre que esos niveles de desbalance no estrangulen el crecimiento de los territorios más prósperos, su mayor contribución neta deriva del principio de progresividad (a mayor riqueza, más fiscalidad), como pasa con los individuos. Además, el déficit fiscal compensa su superávit comercial (la ocupación industrial de las regiones menos desarrolladas): así ocurre en la UE, entre Norte y Sur. Cuando los “contribuyentes netos” europeos se han rebelado y han exigido pagar menos al presupuesto común, las autoridades catalanas no han hecho causa común con ellos. ¡Se trata de lo mismo!

“Solos seremos más ricos”. La tesis de que los catalanes en solitario serían más ricos tiene mucho de ensoñación. Cierto que ya conforman, con Madrid, País Vasco y Baleares, una de las comunidades españolas más prósperas. Cierto también que han mantenido y aumentado su nivel comparativo europeo -en términos de prosperidad, medida en PIB per cápita- con regiones muy avanzadas, como la francesa Rhône-Alpes, la italiana Lombardía y la alemana Baden-Wurtemberg, con las que conforman el cuarteto conocido como “los cuatro motores”. Y cierto que, por lo menos hasta el inicio de la ‘Gran Recesión’, se defendieron mejor que estas. Lo hicieron, significativamente, formando parte de España, de la economía española, de eso que el secesionismo denomina el Estado español, al que considera un Estado ajeno, enemigo u hostil: en su seno, Cataluña no ha dejado de progresar.

El caso es que la versión radicalizada del nacionalismo pinta un escenario rosa en caso de separación, ignorando o minimizando los costes directos de la misma. Amén de los indirectos: la pérdida de las sinergias económicas y los estímulos intelectuales obtenidos por pertenecer al amplio espacio económico europeo, líder mundial en comercio, ayuda al desarrollo y modelo social avanzado. Así, los publicistas secesionistas propagan que, con la independencia, Cataluña sería mucho más rica que actualmente. Aumentaría su PIB y su empleo, y mejoraría su capacidad de endeudamiento, las pensiones y los servicios sociales. Lo sostiene, aunque con un abanico muy amplio de escenarios y cifras concretas, un grupo de economistas (Colectivo Wilson); bastantes de los autores del libro ‘Preguntes i respostes sobre l’impacte econòmic de la independència’ (Col.legi d’Economistes, 2014), y el número 2016/1 de la Revista de Catalunya.

                        

Los ocupantes nazis de Austria hicieron ratificar el Anchluss (anexión) al Tercer Reich de Adolf Hitler, el 10 de abril de 1938

“Votar es siempre democrático”. “Referéndum es democracia”, es el principal lema de la campaña secesionista para el 1-O, que se despliega con diversas variantes. Formulado así, sin matices, el principio es equívoco y por tanto induce al error. Es cierto que las consultas referendarias como mecanismo de “democracia directa” pueden constituir un buen complemento de la democracia representativa. Y así sucede frecuentemente en algunos países muy concretos, de pequeña dimensión, vida política local muy intensa y gran tradición (constitucionalizada) en votaciones sobre cualquier asunto, como Suiza.

Pero también los referendos han sido empleados por las peores dictaduras. Los ocupantes nazis de Austria hicieron ratificar el Anchluss (anexión) al Tercer Reich de Adolf Hitler por esa vía, el 10 de abril de 1938. Entre otros detalles, la casilla del sí duplicaba el tamaño de la del no. Resultado: 99,73% a favor. El franquismo rubricó de igual forma su Ley Orgánica del Estado el 13 de diciembre de 1966, sin libertad para discrepar ni existencia de partidos ni de derecho democrático alguno. Resultado: 95% de votos favorables, que en algunas mesas electorales llegaron a superar el 100% de los electores (procedimiento conocido como pucherazo: añadir papeletas con un puchero). Además, defender que la única solución al (muy mejorable) encaje de Cataluña en España es un referéndum de independencia carece de sentido: esta reivindicación no figuraba en el programa electoral de Junts pel Sí, el principal grupo secesionista (Convergència y Esquerra) para las elecciones plebiscitarias del 27-S, por considerar ya válida a todos los efectos la deficiente consulta del 9-N de 2014. No se votó entonces en favor de ese ni de ningún referéndum. No hay pues mandato electoral para su celebración, sino solo un intento de captar a ciudadanos votantes de otros partidos y partidarios de una consulta pactada (esta no lo es).

Para que un referéndum sea democrático debe celebrarse en un régimen democrático y ateniéndose al marco constitucional. “Celebrar un referéndum que es inconstitucional contraviene en todo caso los estándares europeos”, dictaminó el Consejo de Europa (Comisión de Venecia, que supervisa los referendos en el continente) en el caso del referéndum separatista de Crimea respecto de Ucrania (dictamen 762/2014).

Y es que el uso de referendos debe “cumplir con el sistema legal como un todo, especialmente las reglas de procedimiento (…)”. “Los referendos no pueden celebrarse si la Constitución o una ley conforme a ella no los autoriza”, obliga el Código de Buenas Prácticas del organismo (documento 371/2006). Y el artículo 2 de la Constitución de Ucrania establece que su soberanía “se extiende a su entero territorio”, que es “un Estado unitario” y que su frontera “es indivisible e inviolable”.

El presidente de la Comisión de Venecia advirtió el 2 de junio en carta al de la Generalitat que cualquier referéndum debía ser pactado con el Gobierno y llevarse “a cabo en pleno cumplimiento con la Constitución”, lo que en este caso no ocurre porque la (suspendida por el Constitucional) ley catalana del referéndum se sitúa por encima y al margen de la Constitución, y del Estatut. Es falso asimismo que la exclusión del recurso a referéndum en asuntos de soberanía sea propio de “democracias de (presunta) baja calidad”, como alega el Govern. Todas las democracias avanzadas de la Europa continental excluyen asimismo la convocatoria de referendos de secesión. Los dos episodios más recientes al respecto son Italia y Alemania.

La Corte Costituzionale italiana (sentencia del 29/4/2015) dictaminó que la soberanía de todos sus ciudadanos “es un valor de la República unitaria que ninguna reforma puede cambiar sin destruir la propia identidad de Italia”. Y que atentar contra ese imperativo implica “subversiones institucionales radicalmente incompatibles con los principios fundamentales de unidad e indivisibilidad de la República”. Y ello porque “la unidad de la República es uno de los elementos tan esenciales del ordenamiento constitucional que está sustraído incluso al poder de revisión de la Constitución”. Una restricción que no opera en España, puesto que todos los artículos de su Constitución pueden reformarse.

En igual sentido y de forma mucho más escueta, ante una petición de referéndum independentista para Baviera, el Tribunal Constitucional alemán resolvió denegarla el 16 de diciembre de 2016 puesto que “no hay” ningún “espacio para aspiraciones secesionistas de un Estado federado en el marco de la Constitución: violan el orden constitucional”. Y es que en la República Federal, “como Estado nacional cuyo poder constituyente reside en el pueblo alemán, los Estados federados no son dueños de la Constitución”. Así que los referendos de secesión no son democracia (europea).

 

Persigue Carles Puigdemont el aterrizaje de los cascos azules desempeñando tragicómicamente el cargo de jefe del Estado catalán

Queda cada vez menos para que el independentistas vasco, exmilitante de la organización terrorista ETA, Arnaldo Otegi, se ofrezca como ‘mediador’ de la crisis política catalana, no ya reivindicando su proverbial experiencia de forense, sino aspirando al artificio de la ‘internacionalización del conflicto’, más o menos como si Cataluña fuera Irlanda del Norte. O como si resultara necesario apelar a la experiencia diplomática del Vaticano en un litigio tan complejo como la rendición de las FARC o como la segregación de Timor Oriental. Persigue Carles Puigdemont el aterrizaje de los cascos azules desempeñando tragicómicamente el cargo de jefe del Estado catalán. Y redundando en un lenguaje repleto de trampas y de semántica mendaz concebido desde el chantaje: la declaración unilateral de independencia.

Amenaza con ella el president a medida de una bomba con temporizador, pervirtiendo cualquier propósito de entendimiento y secuestrando la negociación desde las consignas de la CUP y el maximalismo -con sus militantes antisistema pero con Seguridad Social de la socialdemocracia española de la etapa de Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero, presidentes del PSOE, apartados del poder con la ‘Crisis del 2008’, y sus burbujas inmobiliarias y sus máximas de privatizar las ganancias y socializar las pérdidas, aplicadas impecablemente por Mariano Rajoy del PP- pero consiguiendo al mismo tiempo despertar la adhesión de entrañables negociadores. Pablo Iglesias, de Podemos, se ha ofrecido desde el cinismo, no porque pretenda reanimar su malogrado mesianismo, sino porque desea inculcarnos que el desafío separatista tanto vale la cerrazón de Rajoy. Y que hay que desbloquear el ‘conflicto’ en toda su perversión polisémica, que suena al inmaduro Nicolás Maduro, alquimista neoconstitucionalista en la Venezuela del 2017. Muchos ciudadanos echan de menos a su Hugo Chávez…

 

Arnaldo Otegui, persona non grata en muchos sectores de la sociedad de Barcelona donde olvidan el atentado de ETA en Hipercor

En efecto, ya a no se trata de hablar, de dialogar, de rectificar, sino de encontrar mediadores a semejanza de un conflicto bilateral que, por lo tanto, implica realidades y responsabilidades simétricas. O interviene Iglesias o interviene la Iglesia, dotando a la crisis el uno y la otra de unas connotaciones prebélicas que evocan con nostalgia los años de plomo en Euskadi, en la década de los ochenta con el golpe de estado del teniente coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero un 23 de febrero de 1981. Muchos hemos vivido momentos que nos han hecho recordar aquellos de hace 26 años y aquel discurso nocturno de Juan Carlos I, el padre del actual Rey de España, Felipe VI. Juan Carlos I logró parar aquel asalto al Congreso y los tanques que destrozaban el asfalto de las calles de Valencia regresaran a los cuarteles. Felipe VI lo va a tener más difícil. Las redes sociales y sus mentiras, en un mundo con un presidente ‘Pinocchio’ en la Casa Blanca como Donald Trump, vanagloriándose de sus ‘posverdades’, son mucho más difíciles de neutralizar que las armas de acero y pavonado.

Carles Puigdemont habla a la BBC pretendiendo que el mundo se sensibilice con el relato del pueblo oprimido. Las escenas de la violencia policial demostrarían la represión, pero sobre todo servirían de coartada al proyecto libertario, encubriéndose al mismo tiempo la desfachatez del pucherazo. El esfuerzo de Puigdemont consiste en legitimar la Cataluña independiente y en legitimarse como personificación inequívoca de la patria nueva. Se atribuye la representación del pueblo y habla en su nombre -a la misma hora que el Rey por la cadena pública- cuando su papel de condotiero proviene, en realidad, de una carambola parlamentaria. Cabe preguntarse incluso quién coño es Puigdemont, y a quién representa, de dónde proviene su manto púrpura y con qué argumentos democráticos desempeña tantas facultades y tantos poderes. Puigdemont se dirige a la nación como si la nación ya existiera. O como si estuviera a punto de formalizarse.

Para evitarlo, habrían de intervenir los “mediadores” y los “negociadores”, extrapolar el “conflicto” a un marco internacional. Y convocar si fuera necesario una conferencia de paz. Y concederle a Arnaldo Otegi el privilegio de presidirla, no necesariamente con el pasamontañas. Por cierto, Iñaki Anasagasti, político del Partido Nacionalista Vasco (PNV), clave en la firma de los ‘Pactos de la Moncloa’ que permitieron acabar con la dictadura de Francisco Franco y la denominada ‘Transición Democrática’, le recordaba al dirigente abertzale, socio de Carles Puigdermont, que no era una persona grata en el seno de la sociedad democrática catalana, donde recuerdan la masacre de ETA en el supermercado Hipercor de Barcelona, el 19 de junio de 1987. Una bomba mató a 21 ciudadanos de Cataluña e hirió a decenas de ellos, nada comparable con la perturbadora intervención de la Guardia Civil y Policía Nacional este pasado 1-O.

La convocatoria llegó el miércoles por móvil: “Cacerolada a Puigdemont. Hoy a las 21 horas durante su discurso en TV3”. Desde el pasado 20 de septiembre, cuando se produjeron las detenciones y hubo registros para intentar frenar la celebración del referéndum soberanista ilegal, hay ciudadanos que salen cada noche a su balcón cacerola en mano para hacer ruido. Algunas de esas movilizaciones, como la que se produjo la noche del 1 de octubre tras las cargas policiales en los colegios electorales, fueron muy sonoras. La del miércoles se sintió en el municipio socialista de L’Hospitalet, en el municipio obrero de Sant Adrià de Besòs de Barcelona, o en Sant Antoni, en el centro de la capital catalana. Pero, esta vez, era distinta.

 

“Dialoguen, los responsables de todo dialoguen. Háganlo por todos nosotros. Merecemos vivir en paz”, escribe en Facebook Andrés Iniesta

Una cacerolada convocada y secundada por quienes se han manifestado menos, los contrarios al independentismo, que quisieron rechazar desde sus balcones la declaración televisada de Puigdemont, que confirmaba en un mensaje grabado que seguía con sus planes. Son ciudadanos que, censo y resultados electorales en mano, formarían parte de una mayoría que no respalda el independentismo catalán. Los favorables a la separación fueron 2,2 millones el 9- N de 2015. El pasado 1 de octubre, según los datos que ofreció la Generalitat, hubo 2.262.424 votos en el referendum ilegal, sobre un censo de 5.343.358 personas (el 42%). De ellos, 2.020.144 respaldaban la secesión, lo que significa que hubo más de tres millones de personas que, en principio, no lo comparten. Entre ellas, la “mayoría silenciosa” a la que apela la Societat Civil Catalana, la principal organización ciudadana contra el independentismo. El domingo 8 de octubre han organizado una manifestación por el centro de Barcelona en la que esperan respaldo numeroso con autobuses venidos desde distintos puntos de España. “Estamos desbordado”, explica su presidente Mariano Gomà. Su lema es Recuperem el Seny/ Recuperemos la sensatez. “Por primera vez la sociedad catalana silenciosa va a levantar la voz para decir basta, la gente está muy cansada”, señala Gomà.

Según la organización, el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa leerá un texto durante la manifestación. Suman respaldo de otros representantes del mundo de la cultura, como la directora de cine Isabel Coixet, que recientemente escribió un artículo titulado ‘Tierra de nadie’ en el que aseguraba encontrarse “en un lugar silencioso en el que están muchos y en el que no suenan himnos ni gritos ni proclamas, en donde el aire solo mueve banderas blancas”. En su escrito, la cineasta catalana contaba que “dos individuos con banderas esteladas atadas al cuello me han increpado gritándome en la puerta de mi casa llamándome “fascista”... “¡debería darte vergüenza!”. Y eso, añadía Coixet, pese a condenar la violencia de las cargas policiales o pedir la dimisión de Rajoy. El problema es que, al tiempo, critica la actuación del Govern.

Andrés Iniesta, jugador del Barcelona y de la selección española, publicó un mensaje en su página de Facebook en el que opina sobre la situación política y social que se vive en España tras el Referéndum del pasado 1-O en Cataluña. “Nunca lo he hecho ni lo haré, valorar públicamente situaciones tan complejas y con sentimientos tan diversos, pero esta situación que vivimos actualmente es excepcional y una cosa sí tengo clara, antes de que nos hagamos más daño: Dialoguen, los responsables de todo dialoguen. Háganlo por todos nosotros. Merecemos vivir en paz”. Iniesta, de 33 años, capitán del Barcelona y 114 veces internacional con la selección española, se une de esta manera a otros deportistas de élite que se han pronunciado sobre la situación que se vive en España.

En la Copa Mundial de la FIFA Sudáfrica 2010, Andrés fue convocado nuevamente siendo titular en todos los partidos de España salvo en uno debido a una lesión. En el torneo anotó dos goles, uno frente a la selección de Chile y el otro en la Final del Mundial en el Estadio Soccer City de Johannesburgo contra Holanda el 11 de julio de 2010, marcando el gol que dio la Copa del Mundo a España. Iniesta dedicó este último gol a Daniel Jarque, su amigo y jugador del Real Club Deportivo Español, fallecido un año antes, luciendo por este motivo una camiseta interior con el lema “Dani Jarque, siempre con nosotros”, prenda que el jugador donó el 11 de noviembre de 2010 al RCD Español para que figure en el muro-homenaje a Dani Jarque, ubicado en la puerta 21 del Estadio Cornellá-El Prat de Barcelona. La solidaridad de Andrés Iniesta debe imponerse en tiempos de fracturas sociales en el seno de las propias familias y sociedad catalana, que van a tardar mucho en sanar.

@SantiGurtubay

www.educacionyculturacancun.mx

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