El Bestiario

Abrir anuncio

EL BESTIARIO

SANTIAGO J. SANTAMARÍA

Han intentado sucesivamente imponer sus identidades y excluir a los disidentes. Su fracaso, víctima de sus excesos, permite vislumbrar un país más abierto a la vez que plural… Este miércoles comienza un nuevo fracaso, el del ‘procés’ independentista catalán en los escenarios próximos a las Ramblas de Barcelona, tomadas días atrás por los terroristas yihadistas. “Ellos no son los enemigos, los culpables de los males de Cataluña son los españoles…”. El nacional-catolicismo, convertido en ideología oficial del franquismo, intentó la asimilación cultural, lingüística e ideológica de los españoles. Para ello se valió de un relato histórico-imperial sobre la grandeza de la nación; de una identidad primordial, la castellana, que asimiló a la española, expulsando a otras posibles identificaciones; unas instituciones políticas y culturales autoritarias y represivas; y de una lengua, el castellano, que intentó imponer como única. En su apogeo, suprimió las instituciones históricas de vascos y catalanes, prohibió y persiguió sus lenguas y consideró como inferiores a los que ostentaban otras identidades

“Los españoles han sufrido tres nacionalismos. Dos de ellos, el castellano y el vasco, ya han fracasado. El tercero, el catalán, lo está haciendo a la vista de todos. A pesar de que sus portadores consideren sus diferencias irreconciliables, lo cierto es que los tres han cometido errores y excesos muy similares: aupados en relatos históricos artificiales o deformados, en manos de sus elementos más fanatizados, ante la inexistencia de frenos eficaces en la sociedad civil y valiéndose de la instrumentalización de las instituciones en apoyo de sus fines, han construido proyectos supremacistas basados en una pretendida superioridad cultural y moral. El resultado ha sido intolerancia con la diversidad, acoso a la pluralidad, exclusión de los diferentes y, en distintos grados, coacción y violencia contra los disidentes...”, escribe el columnista español José Ignacio Torreblanca. Es Profesor Titular de Ciencia Política en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) en Madrid, donde enseña Fundamentos de Ciencia Política, Sistema Político de la Unión Europea y Democracia y legitimidad en la Unión Europea. También es Doctor Miembro del Instituto Juan March de Estudios e Investigaciones. Ha sido becario del Programa Fulbright, Profesor en la George Washington University en Washington D.C., así como investigador en el Instituto Universitario Europeo de Florencia.Sus últimos libros en español son Asaltar los cielos (2015), ¿Quién gobierna en Europa?: reconstruir la democracia, recuperar a la ciudadanía (2014) y La fragmentación del poder europeo (2011). En inglés, ha sido coautor de The Eurosceptic surge and how to respond to it (con Mark Leonard, ECFR 2014) y What is political union? (con Sebastian Dullien, ECFR 2012).

El primero de los nacionalismos al que hace mención José Ignacio Torreblanca es un viejo conocido. El nacional-catolicismo, convertido en ideología oficial del franquismo, intentó la asimilación cultural, lingüística e ideológica de los españoles. Para ello se valió de un relato histórico-imperial sobre la grandeza de la nación; de una identidad primordial, la castellana, que asimiló a la española, expulsando a otras posibles identificaciones; unas instituciones políticas y culturales autoritarias y represivas; y de una lengua, el castellano, que intentó imponer como única. En su apogeo, suprimió las instituciones históricas de vascos y catalanes, prohibió y persiguió sus lenguas y consideró como inferiores a los que ostentaban otras identidades.

Por fortuna, el empeño de construir España desde el nacionalismo castellano fracasó. Y aunque los rescoldos de ese nacionalismo se aviven ocasionalmente y se hagan sentir en la negación que la extrema derecha y sus seguidores mediáticos hacen de la pluralidad de lenguas e identificaciones que constituye España, la mayoría de los castellanoparlantes parecen estar vacunados contra el nacional-catolicismo, han abrazado la nación política democrática y descentralizada consagrada en la Constitución del 78 y sustituido o diluido el etnicismo castellano por un sano europeísmo con el cual también se sienten identificados tanto política como culturalmente.

 

El franquismo vacunó a los españoles contra el nacional-catolicismo y europeizó su identidad

El segundo de los nacionalismos españoles, el vasco, también se encuentra en fase de sano repliegue. Aunque su demanda de recuperación de los derechos, instituciones, autogobierno y lengua suprimidos por el franquismo estaba más que legitimada histórica, cultural y políticamente, el nacionalismo vasco fue usurpado por la confluencia de dos fuerzas que lo hicieron degenerar hasta convertirlo en una ideología excluyente y chovinista. Por un lado, su legitimidad se vio erosionada por el supremacismo racista subyacente en los postulados de Sabino Arana, del que emanaba un desprecio hacia los otros pueblos de España y un complejo de superioridad moral y cultural que en poco se diferenciaba del nacional-catolicismo franquista. Por otro, y de forma más grave, el nacionalismo vasco quedó tocado moralmente por la justificación del terrorismo que la izquierda abertzale derivó de la fusión de nacionalismo y marxismo-leninismo revolucionario. Convertido en un pretendido movimiento de liberación nacional que se valía de la violencia terrorista y el asesinato político, esa degeneración nacionalista, por suerte superada hoy, logró la cruel paradoja de convertir esa versión extrema del nacionalismo vasco en una amenaza para la democracia, vida y libertades de los españoles. De ahí el repliegue hacia posiciones que, hoy, sin renunciar a la independencia como objetivo político, rechazan la violencia como medio para la consecución de un Estado vasco y aceptan el método democrático como única fuente legitimadora de la acción política.

Nuestro tercer nacionalismo español, el catalán, tampoco es ajeno a esta dinámica de auge y caída. Forjado sobre un relato histórico que ensalza la trayectoria de un pueblo noble y sabio a la vez que trabajador y honrado, dotado de una supuesta tradición democrática anclada en el medioevo pero suprimida a sangre y fuego, y amante de la libertad y el autogobierno, el nacionalismo catalán ha estado a punto de construir el nacionalismo perfecto. Y no solo por razones sentimentales, sino de eficacia: el éxito económico catalán se ha sumado a la generosa y ejemplar labor de integración cultural y lingüística de los inmigrantes, que lejos de diluir la identidad catalana la ha reforzado. Pocas identidades nacionales han sido tan abiertas e incluyentes y a la vez tan exitosas a la hora de construir un modelo de integración.

Ese éxito sin paliativos ha desencadenado una tentación ruinosa: la de, víctima de la soberbia, jugarse la convivencia y el éxito económico para dotarse de un Estado propio sobre el que construir, por fin, una nación política. Y ahí es donde el nacionalismo catalán se ha resquebrajado. Como ocurrió con los otros dos nacionalismos, algunos han concluido que el fin superior de culminar el proyecto nacional justificaba retorcer los medios para lograrlo. Y pertrechados de la certeza de la superioridad moral de su causa están destruyendo o dispuestos a destruir todo lo bueno y sano que ese nacionalismo había alumbrado, poniendo en entredicho una convivencia ejemplar, sembrando la división entre catalanes buenos y malos y de primera y de segunda, instrumentalizando las instituciones, convirtiendo la lengua de todos en una lengua nacional, subvirtiendo la pluralidad de los medios públicos y aceptando como natural un discurso supremacista de tintes etnicistas y racistas (los españoles, vagos, atrasados y fascistas, nos roban y oprimen).

 

Anteponer independencia a democracia y pensar que el fin, moralmente superior, justifica medios ilegales y antidemocráticos

Pareciera que del ruido y furia del desafío secesionista se dedujera la inminencia del triunfo de su proyecto. Pero el fracaso del nacionalismo catalán es ya evidente. Igual que sus predecesores castellano y vasco, se han situado en una coyuntura en la que el deseo de culminar el proyecto nacional con un Estado propio lleva a anteponer independencia a democracia y pensar que el fin, moralmente superior, justifica medios ilegales y antidemocráticos. Como los otros nacionalismos, ni vencerá ni convencerá. Y una vez constate su fracaso, se replegará —esperemos— hacia posiciones compatibles con la democracia y la convivencia.

Concluyamos con optimismo que este triple fracaso, forjado sobre los excesos de cada nacionalismo, es una buena noticia, ya que permite vislumbrar la resolución de un problema histórico —la pugna entre diferentes proyectos nacionales dentro del país— y la consecución, por fin, de una nación política plenamente compatible con la diversidad de identidades. Quizá no hayamos caído en la posibilidad de que el triunfo del proyecto de construir una España plural en la que quepamos todos con nuestras identidades, lenguas y tradiciones culturales requiera del fracaso sucesivo de los tres nacionalismos españoles. Una España resultado de la domesticación de tres nacionalismos seguramente será más habitable que la que hemos conocido históricamente, incluso puede que refleje de forma más sincera y verdadera la auténtica identidad de España como un país plural. Demos pues la bienvenida a nuestros amigos al grupo de los nacionalismos fracasados. Si la Europa comunitaria se ha creado sobre el fracaso de sus nacionalismos, ¿por qué España no?

 

Nadie se atreve a decir lo que cualquier polítólogo, historiador o jurista llamaría por su nombre, esto es, un autogolpe de Estado

Uno de los lugares de mayor atractivo y concurrencia de Barcelona son Las Ramblas (en catalán Les Rambles), paseo situado entre la plaza de Cataluña, centro de la ciudad, y el puerto antiguo… Allí se encuentran kioscos de prensa, de flores, actores callejeros, cafeterías, restaurantes y comercios. Cerca del puerto acostumbran a instalarse mercadillos, así como pintores y dibujantes de todo género, destacando la zona por su índole artística y cosmopolita. Paseando por Les Rambles pueden admirarse varios edificios de interés, como el Palacio de la Virreina, el mercado de La Boquería y el famoso teatro Gran Teatro del Liceo, en el que se representan óperas y ballets. Una calle lateral de pocos metros de longitud, conduce a la plaza Real (Plaça Reial), una plaza con palmeras y edificios con porches que albergan cervecerías y restaurantes, y en la que se reúnen los fines de semana los coleccionistas de sellos y de monedas.

El paseo de Las Ramblas termina junto al puerto antiguo, donde la estatua de Cristóbal Colón señala hacia el mar. A dos pasos se encuentra el Museo Marítimo (Museu Maritim), dedicado sobre todo a la historia naval en el Mediterráneo. En el centro histórico, muy cerca de Las Ramblas, destaca la Catedral de Barcelona, la plaza de San Jaime, que acoge los edificios de la Generalidad de Cataluña y del Ayuntamiento de Barcelona, y las callejuelas tanto del barrio gótico como del Arrabal y del Borne…

Les Rambles y sus aledaños sufrieron este agosto un brutal atentado de los yihadistas del ISIS, una furgoneta embistió contra los transeúntes -en su mayoría turistas de todo el mundo- provocando 16 muertos y decenas de heridos. Las víctimas eran originarias de más de una treintena de países. Sus autores fueron abatidos por las fuerzas policiales autónomas de Cataluña, los Mossos d’Esquadra, cuya actuación fue aplaudida y cuestionada por su contundencia. No mediaron disparos para herir y neutralizar a los asesinos, sino se tiró a matar. La ausencia de pérgolas en este paseo público de la Ciudad Condal no pasó desapercibida. La actual alcaldesa, Ada Colau, justificó las críticas: “No se puede lograr la seguridad al ciento por ciento”. Los terroristas islamistas radicales han sembrado de cadáveres lugares turísticos estratégicos de la Unión Europea, mediante atropellos indiscriminados. Esto ha provocado la toma de medidas en todas las ciudades del Viejo Continente e incluso de Estados Unidos, es el caso de Miami. Entre estas medidas destaca la colocación de defensas que impide la circulación por las vías peatonales.

Días después, la desidia de los poderes públicos catalanes afectaba al mismísimo presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont, político, periodista y es alcalde de Gerona, y principal protagonista del movimiento secesionista para sacar a esta comunidad autónoma de España: la CIA de Estados Unidos le hicieron llegar un documento secreto instándoles a tomar medida en Las Ramblas, pues en agosto pudiera darse un ataque yihadista, como así ha ocurrido. Carles Puigdemont lo ha venido negando en los últimos días. Ante la publicación del documento en el Periódico de Cataluña y otros medios españoles y extranjeros, el independentista sigue en sus trece. Su Govern de Catalunya ha tenido que reconocer, hace apenas unas horas, que recibieron este ‘warning’ desde Washington.

Barcelona va a seguir siendo noticia internacional. Es nuestro deseo que no lo sea por nuevos ataques de la Yihad o Guerra Santa. Lo va a ser, pues apenas resta un mes para que Carles Puigdemont y diversos partidos independentistas, ejerciten su “derecho a decidir” en un referéndum que es rechazado por más de la mitad de la población que vive en Cataluña. Sea cual fuere el resultado, los populistas independentistas, anuncian que romperán con España. La Constitución española, avalada por la Unión Europea, considera que todos los españoles tienen derecho a ser consultados ante una situación que cuestiona la unidad territorial del país. En la política española la operación independentista de Cataluña empieza a parecerse a las cuestiones nefandas que aparecen a veces en las familias o entre amigos. Cuesta tanto verbalizarlas que sólo se tratan a partir de eufemismos que impiden afrontarlas adecuadamente. Nadie se atreve a decir lo que cualquier polítólogo, historiador o jurista llamaría por su nombre, esto es, un golpe de Estado.

 

Estaremos ante un fiel remedo de la Ley Habilitante de 1933, mediante la que los nazis acabaron con la República de Weimar

El atentado yihadista y el autogolpe del 1 de octubre son las crónicas de unas muertes anunciadas. “Crónica de una muerte anunciada” es una novela del escritor colombiano Gabriel García Márquez, publicada por primera vez en 1981. Recuerdo que en aquellos años de la Transición Democrática al ‘Gabo’ comprando su periódico matutino en Les Rambles, paseando, riéndose, con varios amigos escritores como el barcelonés Manuel Vázquez Montalbán, autor del libro ‘Historia de la Comunicación Social’, obra de obligada lectura en todas las facultades de periodismo de España. En el kiosko sonaban los versos del poeta andaluz Antonio Machado cantados por el catalán universal Joan Manuel Serrat, quien visitó años atrás nuestra ciudad de Cancún. En Sabadell, con otro alcalde independentista, quieren quitarle una plaza a Antonio Machado por ‘anticatalanista’ y ‘españolista’. Echo de menos una columna sobre este ‘Celtiberia Show’ que no cesa a pesar de la amenaza yihadista.

El primer teórico del golpe de Estado, el francés Gabriel Naudé (“Science des Princes, ou Considérations sur les coups-d’état”), explicó en 1639 que los soberanos dan golpes de Estado para reforzarse políticamente y esta visión coincide con lo que ahora denominados autogolpe. El autogolpe (que han dado desde Napoleón III hasta Fujimori) se caracteriza por ejecutarlo las mismas autoridades que ocupan legalmente el poder quienes, al amparo de su posición, rompen inconstitucionalmente el ordenamiento vigente e implantan un nuevo orden político fundado en la fuerza o en un Derecho nuevo elaborado de forma ilegal e ilegítima. Si el ‘procés’, como hemos visto, un golpe de Estado que quieren ejecutar el Gobierno catalán y una parte del Parlamento (dos órganos estatutarios), hemos de concluir que estamos ante un autogolpe, tal como lo describió Naudé (con la única diferencia de que los órganos estatutarios no son soberanos).

Desde el punto de vista de la técnica jurídica, estaremos ante un fiel remedo de la Ley Habilitante de 1933, mediante la que los nazis acabaron con la República de Weimar, por la vía de la superposición al orden constitucional de una legalidad sobrevenida. Son días para recordar el Putsch de la Cervecería de 1923, cuando Adolfo Hitler y sus compinches trataron de hacerse con el poder en Baviera mediante un levantamiento de la extrema derecha y fueron detenidos y encarcelados, tras dejar un saldo de catorce nazis y cuatro policías muertos… “No debemos olvidar que si se crea un nuevo Estado mediante un golpe, es muy difícil que ese Estado sea democrático pues la minoría golpista tenderá a gobernar sin contar con la mayoría de la población, como bien explicó Juan J. Linz al analizar la quiebra de las democracias.

Las pancartas de ‘No a la islamofobia’ que se vieron en la triste manifestación del pasado sábado en Barcelona decían mucho más de lo que parecía. Supuestamente, aquel era un acto de unidad tras las matanzas de unos días antes, por lo que lo lógico hubiera sido decir no al terrorismo. En el contexto en que se mostraron -el de una manifestación manipulada por los secesionistas para convertirla en una muestra de rechazo a España-, aquellas pancartas iluminaban un mal mucho más extendido que la marginal islamofobia: la xenofobia contra lo español, que es la auténtica gasolina que alimenta el llamado procés, este golpe de Estado contra la democracia española que está sucediendo ante nuestros ojos.

Los secesionistas insultan a España, a lo español y a los españoles de forma constante. En el subtexto de absolutamente todo lo que dicen está una repugnante pretensión de superioridad moral, cultural, económica y social. Creo que parte de la desmoralización a la que nos enfrentamos los españoles viene de que nuestros líderes políticos han hecho lo posible por no escuchar estos insultos constantemente sugeridos. La realidad es que cada vez que un Junqueras, un Puigdemont o un Mas fantasea con la secesión lo que se escucha, a poco que se afine el oído es: “Somos mejores que vosotros y por eso queremos y podemos irnos”. Pero no todo es sugerido.

 

El ‘seny’, el sentido común catalán esperemos se imponga en la Barcelona multicultural..., deliré en La Habana días atrás

Hace un par de semanas visité La Habana para preparar la presentación de un libro de cuentos sobre la capital cubana, en tiempos del ‘Período Especial’, cuando “Cuba era el único país del mundo donde los ciudadanos soñaban con ser gordos”. La reunión, en los jardines del Hotel Nacional, en pleno Vedado. Cuando nos dirigíamos a cenar al ‘Gato Tuerto’ y verle actuar a la eterna vedette Juan Bacallao, nos topamos con una bandera independentista catalana, colocada en una oficina de algún empresario supremacista. Éste delira con haber abierto el primer ‘consulado’ de la Cataluña independiente en La Habana, Cuba. Este desconoce que en Miami, los únicos que recibieron a Carles Puigdemont y a sus acólitos, monaguillos, fueron tres congresistas republicanos anticastristas, de la línea dura del Partido Republicano, partidarios de reforzar al ejército norteamericano. Se trata de los congresistas por Florida, Mario Diaz-Balart, Lleana Ros-Lehtinen y Carlos Curbelo. La agenda de Puigdemont en su viaje a Estados Unidos persiguió el objetivo del independentismo liberal de derecha, que considera que la independencia de Cataluña tendrá viabilidad si logra apoyos en el país de Abraham Lincoln, en la comunidad judía internacional, apostando por un modelo socio-económico netamente liberal para atraer inversiones.

Las noticias de la ‘Celtiberia Show’ se quedan en la mera anécdota de lo cutre, para regocijo de la plebe, sin superar la barrera mental de lo ‘friki’ y sin el análisis que nos proponía el periodista Luis Carandell en la revista ‘Triunfo’ que perturbaba a personajes del anterior régimen de Francisco Franco, no diferentes de Carles Puigdemont. El ‘seny’, el sentido común catalán esperemos se imponga en la Barcelona multicultural... “Murió el poeta lejos del hogar. Le cubre el polvo de un país vecino. Al alejarse le vieron llorar. Caminante no hay camino, se hace camino al andar..., golpe a golpe, verso a verso...”, recuerda estos días Joan Manuel Serrat al que acusan de ‘españolista’ y ‘anticatalanista’ Antonio Machado.

Me preocupa el tema de Cataluña y su repercusión para la economía en España. También la fobia contra lo español y lo catalán. Aunque el tema se logre encauzar esta bronca estamos ante una tormenta de décadas que va a marcar nuestro futuro y el de nuestros hijos y nietos Yo estoy hasta las narices de tantos nacionalismos que me han tocado vivir: la castellana –la franquista y fascista que afortunadamente concluyó con la aceptación de Transición Democrática y la Constitución de 1978-; la vasca –lucha de liberación nacional con los tintes marxistas leninistas, una vez más, muertos y daños colaterales, y un mesurado lendakari, Iñaki Urkullu encauzando el final definitivo, menos mal-; y ahora, el procés, con el acento al revés, como para hacer que dure más tiempo –‘autogolpe’ nacionalista, urnas, broncas, negociaciones, daños físicos y psíquicos, miserias humanas, ‘Terras Lliures’, final de aquí al 2050-… Lo que más temo es que España se lleve de procés –imperios falangistas, repúblicas comunistas, comunas anarquistas, Eibar independiente…-. El choque de trenes, este miércoles. Deseo no tener que vivir más fiebres de supremacías castellanas, vascas, catalanas… Estas trágicas historias supremacistas no tienen ‘label’ exclusivo de Estados Unidos y su Donald Trump.

España y sus tres nacionalismos, el castellano, el vasco y el catalán, supremacismo ‘Celtiberia Show’. Han intentado sucesivamente imponer sus identidades y excluir a los disidentes. Su fracaso, víctima de sus excesos, permite vislumbrar un país más abierto a la vez que plural… Este miércoles comienza un nuevo fracaso, el del ‘procés’ independentista catalán en los escenarios próximos a las Ramblas de Barcelona, tomadas días atrás por los terroristas yihadistas. “Ellos no son los enemigos, los culpables de los males de Cataluña son los españoles…”. El nacional-catolicismo, convertido en ideología oficial del franquismo, intentó la asimilación cultural, lingüística e ideológica de los españoles. Para ello se valió de un relato histórico-imperial sobre la grandeza de la nación; de una identidad primordial, la castellana, que asimiló a la española, expulsando a otras posibles identificaciones; unas instituciones políticas y culturales autoritarias y represivas; y de una lengua, el castellano, que intentó imponer como única. En su apogeo, suprimió las instituciones históricas de vascos y catalanes, prohibió y persiguió sus lenguas y consideró como inferiores a los que ostentaban otras identidades.

@SantiGurtubay

www.educaciónyculturacancun.mx

LA MIRILLA

No result.

LA CAPILLA SIXTINA

PUBLICIDAD

  • Veterinaria
  • notaria2
  • scissors2