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LUIS PABLO BEAUREGARD

La voz de un narrador, desde el primer minuto de la película, explica de forma socarrona la naturaleza peleona de Estados Unidos, esa nación dispuesta a librar guerras en todo el mundo en nombre de la libertad. Y cómo esas batallas se convierten, como lo ha demostrado la realidad, en laberintos cada vez más difíciles de escapar para la gran potencia mundial, es el caso de Afganistán. En la nueva cinta de Netflix, una sátira bélica, estamos ante un retrato del sistema que empuja al ejército más poderoso del mundo a librar guerras que no pueden ganar

Brad Pitt interpreta al general Glenn McMahon, un purasangre vestido de camuflaje. El personaje nació en el seno de una familia de militares y fue educado en West Point. También realizó estudios de posgrado en universidades privadas. El papel de Pitt está inspirado en el general Stanley McChrystal, excomandante supremo de las fuerzas de Estados Unidos y la OTAN en Afganistán. Su actuación, sin embargo, está basada en la encarnación que George C. Scott hizo de George Patton y en otros generales como Douglas MacArthur. Esto es mandíbula de hierro, pecho inflado y testosterona en exceso.

‘War Machine’, dirigida por David Michod (The Rover, Animal Kingdom) inicia con el arribo de McMahon a Afganistán. Barack Obama, al llegar a la Casa Blanca, debe lidiar con el conflicto iniciado por George W. Bush en 2001. El general es la apuesta del demócrata para limpiar el desastre en que se ha convertido la ofensiva contra la insurgencia talibán. El militar aterriza en Kabul junto con su círculo de confianza. Durante sus primeros contactos con diplomáticos y autoridades locales se da cuenta de que el camino que le espera es cuesta arriba. McMahon visita al presidente de Afganistán, Hamid Karzai, interpretado por un gran Ben Kingsley. El general llega al palacio presidencial a la misma hora en que se convoca a la oración desde los minaretes. Cuando McMahon llega al despacho, Karzai y su ayudante están inclinados de rodillas. No rezan, están tratando de conectar un Blu Ray a la televisión.

Las situaciones chuscas no son solo producto del ingenio de la producción, a cargo del productor Jeremy Kleiner (12 years a slave, Moonlight). La historia que da vida a este proyecto fue atestiguada por Michael Hastings, un periodista que siguió de cerca a McChrystal y su séquito durante varios meses en 2009. Hastings publicó la crónica en Rolling Stone. Su texto, ‘The Runway General’, se convirtió en una poderosa pieza de periodismo que costó el cargo al general. El estilo directo y audaz de McChrystal fue cándidamente retratado por el reportero, que describió cómo el militar se burlaba de la ignorancia de los civiles en estrategia militar y se quejaba amargamente con su Estado mayor de cómo nadie en Washington entendía lo que estaba tratando de hacer en Afganistán.

 

Todos los grandes directores tienen una historia de guerra, de David Lean a Stanley Kubrick hasta Clint Eastwood y Steven Spielberg

“Fui muy respetuoso de las tropas. Las veo, en gran parte, como víctimas de los destrozos que provocan los altos niveles”, explicó Michod a un grupo de periodistas latinoamericanos hace algunos días. El cineasta afirma que su película, que renuncia por momentos al tono cómico para entrar en el drama se convierte en una cinta antibélica que estudia también al macho alfa en uniforme. “War Machine es sobre la ambición masculina y la vanidad”, asegura. Dentro del personaje de Pitt, hay un drama que se desarrolla sin que él exprese sentimiento alguno. “Glenn experimenta una tragedia al entender que no está destinado a ser especial. Que solo es uno más entre nosotros”.

El cine bélico es parte de la genética de Hollywood. Las gestas épicas de los soldados inundaron las salas de cine continuamente desde finales de los cincuenta. Todos los grandes directores tienen en su filmografía una historia sobre conflictos armados. De David Lean a Stanley Kubrick hasta Clint Eastwood y Steven Spielberg. Michod llevaba años dando vueltas, buscando el proyecto adecuado para retratar los fiascos de Irak o Afganistán. Encontró en ‘The Operators’, el libro que Hastings publicó antes de morir en 2013 la historia que quería. Esta es tan triste como verdadera: “Hemos dejado de marchar en las calles para protestar en contra de las guerras. Nos hemos acostumbrado a ellas”.

El general Stanley A. McChrystal, del Ejército de Estados Unidos, (nacido el 14 de agosto de 1954) fue comandante en jefe de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF, por sus siglas en inglés) en Afganistán, así como comandante en jefe del contingente militar propio de Estados Unidos en Afganistán (USFOR-A). Asumió ambas responsabilidades el 15 de junio de 2009. Previamente, había ocupado altos cargos en el Estado Mayor del Ejército, y había servido en Irak. Proviene de una familia de tradición militar. En el otoño de 2009, en su condición de máxima autoridad militar en el conflicto de Afganistán solicitó permanecer en el teatro de operaciones mientras fuera necesario, para así ganarse a la población y lograr su colaboración contra las fuerzas talibanas. Obama se comprometió en la Academia de West Point a retirarse a partir de julio de 2011. Además solicitó un aumento de los efectivos cifrado entre 40.000 y 80.000 hombres, de los cuales solo obtuvo 30.000 de la administración Obama, número de efectivos insuficiente a la vista de McChrystal y teniendo en cuenta además el plazo de retirada de las tropas de Afganistán.

El 3 de junio de 2010 visitó a las tropas españolas de la Legión en la Base Avanzada de Operaciones Bernardo de Gálvez en la localidad de Sang Atesh, felicitándolas por los avances realizados en la provincia de Badghís y concretamente en la ruta Lithium. El 23 de junio de 2010 fue cesado por el presidente Barack Obama tras divulgarse un artículo de la revista Rolling Stone1​ en el que el general criticaba duramente a diversos altos cargos de la administración Obama, entre ellos, el vicepresidente Joe Biden, el general James Jones, el embajador en Kabul, Karl Eikenberry, y el enviado a la zona Richard Holbrooke, por su gestión y dirección de la guerra en Afganistán. Obama aceptó su dimisión, nombrando como su sucesor a David Petraeus. El 29 de junio de 2010, pidió retirarse del servicio activo en el Ejército, lo que le fue concedido por la Casa Blanca, conservando su rango de general de cuatro estrellas.

 

Obama destituye a Stanley McChrystal, su jefe en Afganistán, un lobo solitario, un militar de pocas concesiones con la jerarquía.

Con la pausa dramática que se ha hecho característica de sus más trascendentales decisiones, Barack Obama anunció en verano del 2010  la destitución de su más célebre general, Stanley McChrystal, y su sustitución por el más reputado, el general David Petraeus. De esta manera, el presidente norteamericano ataja un auténtico caso de insubordinación en la cúspide militar y pone la guerra de Afganistán en manos del hombre que ganó la de Irak. “Ha sido una decisión difícil, triste, que lamento, pero la decisión correcta en beneficio de nuestro ejército y nuestro país”, declaró el presidente en una comparecencia desde el jardín de la Casa Blanca, escoltado por el vicepresidente, Joe Biden, el secretario de Defensa, Robert Gates, y el mismo Petraeus, a quien su nación reclama ahora el sacrificio extraordinario de retomar el traje de fatigas para dirigir una misión que muchos creen imposible.

Es un movimiento sorprendente que culmina 24 horas de tensión que han devuelto a Washington la atmósfera de las grandes crisis, de momentos históricos como la destitución del general Douglas MacArthur a manos del presidente Harry Truman por hechos mucho más graves pero igualmente decisivos en el campo de batalla, en aquel caso Corea, ahora Afganistán. McChrystal ha sido relevado del mando por un perfil publicado en una revista musical en la que no se recogían sus palabras literales pero sí su tono de desprecio, de burla y desconsideración hacia su comandante en jefe y los mandos civiles a los que está constitucionalmente sometido. Por mucho que sus medallas lo defendieran y que su desempeño sobre el terreno lo hiciera parecer irremplazable, por mucho que el Gobierno de Afganistán pidiera su continuidad, que el Ejército de Pakistán abogara por él, por mucho que la OTAN sintiera una angustiosa sensación de vértigo ante su relevo, la cabeza de McChrystal ha acabado rodando cortés pero irremisiblemente.

Obama quiso comunicárselo en persona y consiguió, por deferencia a su brillante hoja de servicios, que no trascendiera ni una sola pista sobre su decisión hasta que McChrystal la conoció primero, sentado cara a cara con el presidente en el Despacho Oval. Menos de media hora después, el general volvía a subirse a la camioneta que le esperaba en la avenida Pensilvania para conducirlo hacia un final sin gloria. No puede haber peor conclusión para una carrera militar: desposeído del mando en la mitad de su misión y por una grave violación de los códigos de conducta castrenses. “McChrystal no ha respetado los preceptos que se le suponen a un mando militar, su conducta ha incumplido el principio del control del Ejército por parte del poder civil, que es una de las esencias de nuestro sistema democrático”, recordó Obama.

Habrá algunos que no compartan la gravedad del suceso, que crean que algunas citas indirectas aparecidas en una revista no merecen arruinar de esta manera el expediente de un soldado que participó en operaciones tan relevantes como la captura de Saddan Husein. Pero Obama ha decidido que su autoridad estaba a prueba en este episodio y ha preferido imponerla. No se trata de una decisión exenta de riesgos para él. Al destituir a McChrystal, Obama represalia al hombre que desarrollaba la nueva estrategia que su Administración puso en marcha en Afganistán, a un general a quien le había concedido 30.000 soldados más para atacar de frente a los talibanes, a un hombre extrovertido y locuaz que se había ganado las simpatías de sus hombres y de los periodistas que cubren el conflicto. Castiga, en resumen, a un militar capaz y popular, como todos los que, de una forma u otra, han dejado su huella en la historia norteamericana, desde Patton al propio Petraeus.

Solo una figura del peso del héroe de Irak podía llenar el vacío de un personaje como McChrystal. Petraeus, ex jefe del comando regional que cubre todo el Próximo y Medio Oriente, era formalmente el jefe de McChrystal, aunque a un general que manda 100.000 soldados sobre cuya vida o muerte tiene que decidir cada día, como se ha comprobado, no hay quien le mande. McChrystal fue siempre un lobo solitario, un militar de pocas concesiones con la jerarquía. Ni era un hombre de Petraeus ni mucho menos un amigo de Gates, quien incluso tuvo la precaución, cuando McChrystal fue nombrado hace una año, de colocarle como segundo a un oficial de la plena confianza del secretario de Defensa, David Rodriguez. Se ha mencionado ahora el nombre de Rodriguez entre los posibles comandantes en Afganistán. Pero Obama necesita un militar de más renombre en esa causa, aún a riesgo de engendrar otro monstruo.

 

Un militar norteamericano desprecia a los europeos, sobre todo franceses, tiene modales toscos y una pésima consideración de los políticos

La época de Obama no ha cambiado el estereotipo sobre cómo debe ser un jefe militar norteamericano. Sobre sus modales toscos, su pésima consideración de los políticos, su desprecio de los europeos y sobre todo de los franceses, y lo que es más grave, su escaso sentido de la autoridad presidencial y de la jerarquía entre las instituciones, algo que siempre hace temer lo peor en cuanto a sus ideas sobre las relaciones entre poder civil y poder militar. Lo único que ha cambiado con la época es la rapidez y eficacia de las comunicaciones: estas cosas se saben más y mejor que antes y se publican en estupendos reportajes y saltan a la escena incluso antes de que lleguen los ejemplares a los quioscos.

Un lunes por la noche empezó a chisporrotear, ayer atizó fuerte la tormenta y hoy terminará con un rayo presidencial que debería teóricamente fulminar al militar deslenguado y pretoriano. Pocas disculpas pueden serle útiles a Stanley McChrystal, el general al cargo de la pieza más delicada del tablero militar norteamericano, el Afganistán sin orden ni solución donde campan los talibanes. En el reportaje de Rolling Stones sólo queda un títere con cabeza: Hillary Clinton. El resto, desde el presidente Obama hasta la OTAN, pasando por el vicepresidente Biden, el consejero de Seguridad Jones, el enviado especial Richard Holbrooke o un ministro francés, quedan de gilipollas para arriba.

La gravedad del asunto es doble y tiene la forma de un dilema: a un serio problema de disciplina, en el que es imprescindible que se restablezca la autoridad del poder civil sobre los militares, se suma la situación de Afganistán, cada vez más embarrada y de gestión imposible. Si Obama le destituye para dejar las cosas claras sobre quién manda se inflige a sí mismo una severa derrota política en el escenario afgano. Todavía es peor si no lo hace.

McChrystal, de momento, ha destituido a su jefe de prensa, responsable del reportaje y de las numerosas anécdotas que lo esmaltaban de críticas y desconsideraciones; y no tan sólo no ha desmentido ni una sola de las afirmaciones sino que ha pedido excusas. Quizás es lo más grave del asunto: el general pudo conocer parte del reportaje antes de que se publicara y no se opuso a su publicación, entre otras razones porque no debió disgustarle cómo sale parado de la historia.

Nadie va a discutir la verdad del reportaje. McChrystal es exactamente como lo pinta la revista, y esto es lo más inquietante del caso, aunque tenga tantas explicaciones como se quiera. A fin de cuentas, sólo en los países que no tienen dificultades para utilizar la fuerza militar a la hora de resolver los problemas se dan personalidades militares como la de McChrystal.

@SantiGurtubay

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